
Amaia, con i, es una mujer camión.
Sus vecinos y amigos la conocen por su potencia y por su capacidad de carga. Tal como sostendría el anuncio de cualquier marca de esa clase de vehículos: es fuerte, segura y fiable. Yo diría que es más bien un camión tipo Volvo: en ella prima la seguridad sobre todas sus demás prestaciones.
Tiene un buen trabajo (de los de sólo mediodía, pero sueldo completo), en el negociado de cultura del Ayuntamiento, y se dedica, con devoción mariana, a restaurar retablos de vírgenes. Culos, mofletes, antebrazos, labios, lorzas, abdómenes… estropeados por el tiempo. “¡Qué pena!”, suspira, mientras tensa sobre un retablo un glúteo cuarteado .
No se muerde las uñas desde que leyó en el colegio, las reflexiones al respecto de D. Quijote a Sancho Panza; ni mucho menos fuma.
Siempre que alguien le pregunta su nombre, toma la precaución de aclarar su ortografía: “Amaia, con i latina. Griega no. Latina, por favor”. Está convencida de que así evita un sinfín de futuros problemas “de índole administrativa”. Así los llama, y sonríe, y deja a la vista sus braquets hipoalergénicos..
Y, desde luego, tiene contratados seguros para cubrir cualquier tipo de contingencia que su concienzuda imaginación para lo catastrófico puede prever: dos seguros de vida (uno de los cuales cubre el riesgo de muerte consecuencia de desprendimientos fortuitos de meteoritos al entrar en la órbita terrestre); cinco seguros de accidentes, a los que ella, con ternura, llama “mis búhos”, por el acrónimo que formaban las iniciales de los riesgos que cubren: de buceo, ultraligero, hípica, frente a escapes de ozono, y saltos de trampolín.
Y la joya de la corona: uno especial por defunción. Para pagar su ataúd de madera de peral blanco y dos coronas, una de rosas rojas y otra de violetas africanas.
Amaia, con i, ha alcanzado tal grado de perfección en el control de su vida que ha conseguido determinar qué hora exacta es la adecuada (desde un punto de vista que respete sus biorritmos) para levantarse por las mañanas. Eso, además, le permite programar la alarma de su móvil para que todos los días de la semana, incluidos los sábados y domingos, le despierte a esa misma hora (las siete y cuatro minutos), Beethoven con su “Para Elisa” .
Esos detalles de simplificación le hacen feliz, como cuando en los cuentos de hadas comen perdices. Saber el color y el olor de las flores de su entierro; el no tener que cambiar la alarma del móvil, ni tener que pensar si es fin de semana o no; no preocuparse por si un pirómano quema su coche o una jauría de ardillas rabiosas ataca su casa…
Y así es Amaia con i, todo seguridad, hasta que un día encuentra una piedra y todo cambia.
Una piedra. Ya ves.
En el sentido literal: una piedra. Del tamaño del puño de un niño de unos tres años. Con forma de lengua de perro, creo que de Setter inglés.
Está desgastada, como las piedras de la playa y alguien se ha entretenido pintarrajeando con lápices de colores su parte superior e inferior. El canto, romo, continúa siendo blanco. Casi todas las rayas son verdes.
Amaia, con i, detesta las piedras. Desde niña tiene una pesadilla recurrente, en la que pisa una piedra curvada con los pies descalzos. En el sueño siempre está en la playa y lleva los pies llenos de arena. Cric, cric. El tacto de la arena, la piedra y su piel resulta insoportable.
Pero la piedra blanca, suave y emborronada de lápices de colores parece, a simple vista, diferente. Y también se lo parece cuando la toca, con suavidad y ojos cerrados, con la yema de sus dedos índices y anular. Y le parece extremadamente liviana cuando la mete en su bolso.
Y desde entonces, Amaia está de excelente humor, y sus ojos, a pesar de ser castaños, le brillan de una forma especial (como el ámbar de los pendientes que se pone), y las vírgenes que restaura estos días parecen ruborizarse ante ella, y silba “Singing in the rain” aunque es agosto.
Todo por la piedra.
Amaia, con i, siente que la piedra le ha dado los gramos extra que necesitaba para tener bien pegados los pies al suelo.
Últimamente andaba un poco estancada, quizás distraída: no contrataba seguros para cubrir nuevos riesgos, no se tomaba las pulsaciones al volver a casa después del trabajo, no buscaba óxidos en sus cañerías que pudieran contaminar el agua…
Desde que tiene la piedra no tiene la pesadilla de los pies llenos de arena.
Desde que tiene la piedra parece entender los caminos de la vida siguiendo las rayas verdes de cera infantil. Es como leer las líneas de las palmas de las manos pero en una piedra. “¿Viviré muchos años?” y Amaia con i escoge al azar el extremo de una de las rayas verdes y la sigue con la mirada, o con la punta del dedo, y cuanto más dura el camino, sin encontrar el final, más vivirá. Y sonríe.
Ahora de nuevo todo ha vuelto a su cauce: pone la piedra blanca a calentar al sol y, al rato, se la lleva a la mejilla, y así se relaja, y piensa en sus cosas.
Es fuente de su inspiración.
Es feliz.
Así que Amaia, con i, se aficiona a recoger todas las piedras que se va encontrando. Y, aunque en ninguna encuentra tanta dulzura y tibieza como en la primera, todas acababan en su bolso. Por si acaso.
Una piedra roja que se encuentra en el bosque y que parece procurarle buena suerte (ese día Amaia, con i, recibe una partida extra de vírgenes marchitas que rejuvenecer, y ella se entusiasma); una piedra vulgar, de las de cantera, que piensa le da fortaleza (desde que la lleva ya no llora en las discusiones con su madre); una piedra negra para dormir por las noches; una rosa para que las flores del jardín no se marchiten…
Y ocurre que cuando su bolso ya pesa aproximadamente unos siete kilos, se ponen de moda los gatos.
“¿Estás solo? Cómprate un gato” Eso dicen en la tele, y muestran decenas de caras felices abrazando gatos de muchos colores.
Y los amigos, que están preocupados por la manía que le ha entrado a Amaia, con i, por recoger piedras, y cargar con ellas a todas partes, le compran un gato. Le ponen con rotulador permanente el nombre de “Pancho” en una correa de hilo, con los colores de la bandera jamaicana y se lo regalan para su cumpleaños.
Amaia, con i, abre la caja que encierra el gato y abre aún más los ojos.
Dos ojos verdes la miran. Ella retrocede como si hubiera tocado la piel húmeda de un sapo.
Un gato es fuente de microbios, y genera una brecha de incertidumbre en su adorada monotonía.
Con fuerza, sostiene la piedra blanca dentro de su puño (ojalá pudiera consultar en sus rayas de sabiduría cuánto tiempo tendrá al gato), sonríe a sus amigos, sin poder explicarse en qué estaban pensando, y decide asegurar al animal y a los daños que pudiera causar a terceros.
La chica de la correduría de seguros le atiende por teléfono, sin necesidad de desplazarse. “Amaia con i, ¿verdad?” pregunta sin esperar respuesta, y le dice que lo que necesita se llama seguro de responsabilidad civil. Amaia asiente al otro lado del teléfono, y mete al gato en su bolso, con los siete kilos de piedras.
No lo va a dejar solo en casa.
Es peligroso. Y además le da pena.
El gato es feliz en el bolso. Tanta piedra que hay dentro, le recuerda el arenero de la tienda donde vivía hasta que esa gente rara le metió en la caja, y puede hacer pis, o lo que requiera su organismo, en él. Sin necesidad de tener que acordarse de ir a ningún sitio especial que funcione como retrete gatuno.
A Amaia, con i, esa costumbre de Pancho le irrita, y todas las tardes se pasa horas enjuagando sus piedras que huelen a meado de gato.
Pancho no se deja duchar.
Lavar todas las piedras de noche, y frotarlas con un cepillito de dientes, es cansado si se hace a diario.
Y se ve que, de tanto abrir y cerrar el grifo para enjuagar sus piedras sin malgastar agua, el grifo se estropea.
Por la noche suena un “clinc”, pausa, “clinc”, pausa, de una gota de agua que cae. Y lo que parece tan fácil de arreglar se vuelve una locura porque de día el grifo está mudo, y sólo de noche se oye “clinc”, pausa, un, dos, “clinc”, pausa, un dos, “clinc”.
Amaia con i, prueba a concentrarse y busca la solución apoyada en su piedra blanca.
Pero nada.
Busca la fuga, metiéndose en el bolsillo todas las piedras azules, como el agua del océano, que ha encontrado.
Pero nada.
Intenta acabar con el ruido colgándole al gato una piedra transparente, como una gota de agua de manantial, de su collar.
Pero nada.
Así que Amaia con i nos llama.
Soy fontanero, de compañía de seguros. La empresa para la que trabajo se especializa en seguros absurdos: como asegurar la casa frente a invasiones de mariposas asiáticas, o emanaciones de canela en flor. De normal tengo poco trabajo, así que cuando me llama “Amaia, con i latina”, eso me dice, le digo que tardo diez minutos en llegar.
Llego y me la encuentro con un bolso colgando del hombro izquierdo del que sale la cabeza de un gato pelirrojo. El bolso parece muy pesado, me parece a punto de desfondarse. El gato me recuerda a Garfield. Hay piedras por todas partes. De hecho, en vez de ofrecerme un café o un vaso de agua me ofrece una piedra. Verde. Dice que hace juego con mi uniforme. Yo la cojo y me la guardo en silencio.
Pienso que está loca. También pienso que es normal encontrarme con clientes locos, quién va a contratar seguros como los de mi empresa…
Yo, al rato, también me vuelvo loco buscando la gota. Mi trabajo es así: a veces, arreglar una tontería te lleva una semana. Un compañero mío, una vez, se paso diez meses buscando una carpa naranja por las cañerías de un castillo…
Ella parece cansada, se cambia el bolso de hombro cada dos por tres. Mientras busco la fuga le llaman al móvil siete veces. Por lo que oigo es una de esas personas a las que todo el mundo le pide cosas. Ella no dice no. Yo, al menos, no lo he oído.
Recuerdo pensar en ese momento que no tiene el don de la asertividad.
No soy cotilla, pero es que estando los dos solos, yo buscando una gota de agua tumbado bajo una pila y ella mirándome, a treinta centímetros, es inevitable oír las conversaciones. El viernes le preparará una tarta de queso a su suegra. De jengibre ecológico. El domingo ayudará a una tal Dorita a pintar el salón de su casa de color pistacho. El lunes hará turno doble para sustituir a su compañera de la tarde que tiene dentista. No entiendo bien algo de un culo agrietado de virgen, no sé. El martes cuidará por la noche a su sobrino mientras su hermana va al cine…
Como el asunto va para largo, y ella ahora me da un poco de pena, le sugiero que pida comida china y así cenamos. Le prometo que le arreglo la fuga antes de irme. Que no volverá a pasar una mala noche por el clinc, clinc.
Pedimos el chino: arroz al curry, dos rollitos, ternera con champiñones, langostinos fritos con sésamo. Nos reglan un bote de lichis y dos pastelitos de la fortuna. Y una lata de cerveza.
La cerveza para mí, la fortuna para ella. Eso le digo y ella me mira como si lo creyera. "Es broma", le digo.
Amaia, con i, antes de empezar a cenar, abre su pastelito de la fortuna y desdobla el papelito de dentro. Lee en voz alta: “Suelta lastre y volarás”. Me mira y se mete el pastelito en la boca. Aún me parece cansada. Deja caer el bolso, que hace ruido como de muerto desplomándose escaleras abajo, el gato sale de estampida, y ella, de repente, parece flotar. Perdón, no lo parece: flota.
En ese momento se me ocurre atarla con el cordel de una cortina, no se vaya a volar como los globos de feria rellenos de helio… pero parece tan feliz a cinco dedos del suelo que la dejo ir.
De hecho, le abro la puerta principal y la veo alejarse, ligera, feliz.
Suena su móvil. Descuelgo. Digo que soy el fontanero. Es Pepa, que ni se da cuenta de que Amaia, con i, no ha descolgado el teléfono.
Quiere que Amaia le arregle el bajo de un pantalón que se ha comprado.
Mientra Pepa parlotea sobre lo injusto del tallaje de los pantalones en el mercado español, veo que Amaia, con i, revolotea dando palmas, por el jardín del vecino. Miro el teléfono, y sin molestarme, tan siquiera, en imitar voz de chica, le digo a la tal Pepa: “No”.
Y cuelgo.
Escribo en el informe del atestado de la compañía, "solucionado", y me marcho de la casa silbando un pasodoble. Siento que hoy ha sido un buen día. Y es que como decía antes, a veces, un problema diminuto requiere mucho tiempo para su solución; pero del mismo modo, en ocasiones, un gran problema se resuelve con un sencillo gesto.