lunes 8 de agosto de 2011

Me caigo.



Me caigo. Voy distraída hablando con el móvil por la calle, además busco un taxi, no me fijo por dónde voy y el tacón se mete en la rejilla donde se acumula la suciedad de la acera. Y me caigo. Ya lo he dicho, lo sé. De rodillas. Mi móvil sale volando (creo que lo hace para aprovechar la ocasión; porque está agotado, o porque me odia, pero no por la caída). No hay nadie cerca. Menos mal. Pongo la palma de la mano sobre el asfalto de la calle. Está caliente, y negro. Brilla como barnizado con caramelo transparente, líquido. Las máquinas acabaron de asfaltar hace poco porque aún huele a ellas. Tres piedrecitas del hormigón se me han clavado en la rodilla. Sangro. Mucho. Me miro con sorpresa. Súbita conciencia de mi fragilidad. Creo que por el calor del poniente, o el bochorno de la caída, pero me siento confusa y por un segundo me parece tener una rodilla de hace treinta años. Me resulta familiar, desde luego, pero a la vez muy distinta. Me levanto, me pongo el zapato. Me miro. Serenidad. Inspiro. Lo consigo: vuelvo a ver mi rodilla, la de esta mañana mismo. La de los pelos, si no me depilo. ¿Qué ha pasado? Bueno, me lo concedo, tampoco es para tanto: en todo caso las dos son vulgares rodillas de verano. La de antes y la de ahora. Rodillas rojas de verano. Antes siempre roja de mercromina; hoy de sangre y prisas. Pero rodilla de verano al fin y al cabo. Sonrío y repaso: zapato puesto, móvil capturado, falda colocada. He de seguir y, claro, ya llego tarde. Quizás esta noche, cuando pare de andar, me tenga que curar, seguro que no con aquella mercromina (que resulta que ahora dicen que es cancerígena, ¡lo que hay que oír!), pero sí con un buen tequila.

Hambre




Habían pasado casi siete meses desde la última explosión. El suelo tembló durante varios días. En la autovía del noroeste apareció una grieta de tres metros de ancho que la abrió, como una cremallera, a lo largo de treinta kilómetros. Los puentes y sistemas de telecomunicaciones se desplomaron. Desde entonces no funcionaban los teléfonos, radios o televisores; tampoco era posible salir de la ciudad.

Otras explosiones anteriores cubrieron la ciudad de cenizas y el cielo de humo.

Las noches tenían una oscuridad opaca y, sólo dentro de algunas viviendas medio abandonadas, se adivinaba el palpitar de pequeñas hogueras.

El olor a azufre era habitual, pero esa noche se podía distinguir, sin esfuerzo, el olor a guiso que salía de la antigua casa del maestro. Dos siluetas dibujadas en su interior: la de una mujer y un niño.

El niño, que había encontrado un cómic de Batman, hablaba sin parar de lo que la ciudad se parecía a Gotham. Asomado a la ventana sin cristal, era como si esperara ver la marca del murciélago proyectada en el cielo, pidiendo socorro al hombre murciélago.

La madre con la mirada fija en las brasas y en la olla, mientras le escuchaba, pensaba que a lo que se parecía el mundo, cada vez más, era a las pesadillas que había leído en los delirios de Cormac McCarthy, del que en su momento opinó que era un majadero y, mira por dónde, luego el tiempo le había dado la razón.

Llevaban más de siete meses comiendo hojas y briznas, a veces frescas, casi siempre secas; rebuscando por todas partes. Ella aguantaba bien, pero el niño había pasado cuatro noches con temblores y fiebre en la última semana. Por eso el paquete de legumbres que encontraron escondido entre las cenizas del pabellón sur del Centro de Internamiento para Mayores supuso una fiesta.

El olor del guiso hacía insoportable la espera del niño.

— ¿Cuántas lentejas cabrían en Estados Unidos? Como para llenarlo, entero, hasta arriba. ¿Un trillón cuatrocientos cinco mil millones de lentejas?—preguntó el niño sentado en cuclillas, con el plato vacío en las manos, esperando su ración.

— No sé, la capacidad de los países se mide en habitantes, no en lentejas. Densidad de población, así se llama— le contestó la madre mientras destapaba la ollita de loza granate donde las había preparado.

— ¿Por qué?

— Bueno, pues porque las personas son más importantes que las lentejas ¿no crees?

— No — contestó el niño, con expresión seria, tras pensar la respuesta apenas unos segundos—. Si se hubiera llenado un país, solo uno, por cada continente, con lentejas, montones de lentejas, nadie tendría hambre. Las de abajo habrían germinado en el suelo, dando más lentejas; las de arriba nos las podríamos haber comido. Así hasta el infinito.

— Ya, pero los habitantes de ese país habrían muerto sepultados bajo el peso de las lentejas. Familias enteras, como tú y yo. Eso estaría mal ¿no?

— Pero habría sido por un bien superior: acabar con el hambre. Esas lentejas serían más importantes que los habitantes aplastados, seguro. A mí me lo parece.

— Comprendo—le contestó la madre dándole vueltas a la absurda idea de las lentejas—. Pero es una tontería, te lo advierto.

— Bueno, eso dices tú, pero alguien debería tomar decisiones así. Mira como estamos. A peor no podemos ir.

Él terminó su plato en un suspiro, a pesar de la advertencia de que masticara bien. La madre miró el suyo y, sintiendo nauseas, se lo pasó al niño que continuó comiendo con la cabeza gacha.

No se podía quitar de la cabeza la idea de que para su hijo fuera más importante un puñado de legumbres que la vida de una familia. Lo miraba comer su plato de lentejas como el que se come una familia de tres miembros del sur de Milwaukee.

sábado 5 de marzo de 2011

Un día normal.




Un día normal.

Otro día más ( o menos).

Se levanta, va a la nevera, saca dos naranjas y un pomelo rosa para hacerse un zumo de desayuno, y todo cambia.

Sin esperarlo.

Con el chuchillo grande de cocina, que corta hasta latas de metal, corta una naranja. Justo por la mitad. Es grande y pesada. Promete mucho zumo, pero al cortarla, sale de dentro, tembloroso pero limpio, un pollito amarillo. Como los que vendían en el mercado de abastos hace años, para que jugaran los niños. Rosas, azules, verdes… Este es amarillo.

Mira el cuchillo, no parece extrañada porque salga un polluelo de dentro de una naranja, lo que le sorprende es su integridad física. Ni sangre ni vísceras. El cuchillo, que puede cortar el capó de un coche, no parece haber herido lo más mínimo al animal que, amarillo pollito, pía al creer reconocer a su nueva madre-gallina.

Tira la naranja a la basura (Dios sabe qué microbios puede tener un pollo) y mete al bicho en una pecera vacía que guardó cuando murió su última carpa dorada.

Pospone el desayuno para otro momento –tiene el estómago un poco revuelto por la sorpresa–, y se viste para ir a trabajar. Coloca la pecera redonda en la mesa camilla del salón, la arrastra hasta centrarla ante el televisor, y lo enciende. No quiere que el pollito se sienta solo, o se aburra, mientras ella está fuera, así que elige un canal adecuado para su edad y le pone el Disney Channel.

Por la tarde ya no se acuerda del pollito.

Al final ha sido un día normal; uno más.

Sale del trabajo y vuelve paseando a casa. Son veinte minutos andando y la temperatura del día acompaña. Se entretiene buscando, en las matrículas de los coches aparcados, números capicúas. Si los encuentra, y cruza los dedos, puede pedir un deseo: quiero encontrar el cinturón del chubasquero; quiero que el jefe no venga mañana a la oficina; quiero que alguien me invite a ir al cine este sábado; quiero que la sandía que compré esté dulce; quiero que me toque el cuponazo; quiero un anillo azul como el que tiene Reme; no quiero tener, nunca, nunca, un tumor; quiero…

Se para.

En la esquina de casa, pared con pared con la farmacia, han abierto una zumería.

Recuerda que no desayunó por la mañana (¡Ostras! El pollito. ¿Cómo estará? ¿Le habrá gustado Hannah Montana?); en el trabajo nunca encuentra momento para dar un bocado… Hasta el barrendero, que está en la acera de enfrente escuchando música en su Ipod, tiene que haber escuchado el alboroto de sus tripas.

La tarde es soleada y se anima a entrar.

La carta de zumos es tremebunda: zumo de ojo de ratón; zumo de ojo de caimán; zumo de ojo de sapo; zumo de ojo de paloma... Se le vuelve a hacer un nudo en el estómago, y no tiene arrestos para leer el nombre de los zumos que pertenecen a la categoría especial.

La dependienta le sonríe.

¿Es una broma? Pregunta incrédula, pensando en que pedir el zumo de ojo de pollito, en su caso, sería algo muy próximo al parricidio.

En absoluto. Contesta la dependienta que tras de sí tiene cinco batidoras de acero inoxidable relucientes. Todos los ojos de nuestros zumos están debidamente autorizados por sanidad. Cada uno de ellos tiene además la trazabilidad debidamente constatada. Están esterilizados, uperisados, y están libres de gérmenes.

¿Zumo de ojo? Pregunta de nuevo, con la cara verde como una lechuga.

El zumo de ojo es algo exquisito. En el antiguo oriente se consume como un arte milenario. La dependienta de uñas azules sujeta una de las cartas de zumos en su mano izquierda, y con una uña de porcelana azul turquesa, va señalando los distintos zumos. Además cada uno tiene un sabor diferente. En los ojos se va acumulando todo lo visto a lo largo de una vida, en los tuyos también, y un zumo de ojo es como un zumo de vida ajena.

¿Pero son ojos de muerto?

Los de este establecimiento sí. En Internet circulan ojos de gente que los subasta. LLegados a este punto la camarera baja la voz. Existe mucho fraude,¿sabes?, como con el viagra, subastan ojos alardeando de lo que han visto, prometiendo un zumo único, y luego, vete tú a saber de quién es ese ojo, y qué ha visto. Conozco a un cliente que pagó miles de euros por el ojo de un supuesto montañero que tenía cuatro de los “ochomiles”, y luego resultó ser de un contable. Todo números y asientos de contabilidad… Aquí, ya digo, nuestro producto está certificado y tiene garantía. Si es tu primera vez te recomiendo el zumo de ojo de paloma.

Preferiría que no fuera de ave. Tengo un pollito en casa y luego me dará remordimientos caníbales.

Pues entonces el zumo de ojo de lubina. Es delicioso mezclado con el coco y cuatro fresones. Además, seguro que alguna vez en tu vida has pedido lubina, o te la han servido en una boda, así que si te comes al animal con naturalidad, ¿qué problema puedes tener con los ojos?

Sin esperar respuesta, coge el recipiente transparente de una de las cinco batidoras, introduce seis trozos de coco, cuatro fresones, una taza de leche fresca, y un diminuto ojo negro.

Todo sale de una nevera de doble puerta donde han pegado una pegatina de silicona que representa un ojo místico. El dibujo del ojo parece egipcio. Solo falta que del baño salga una momia, piensa con el corazón encogido por el asco.

Cinco minutos en la batidora –el coco es duro, necesita un poco más de tiempo que otras frutas, le explica mientras espera–, y vierte todo el contenido en un vaso alto, como los de batido de chocolate, pero en esta ocasión de batido de ojo de lubina.

Además le da un papelito.

Es la trazabilidad. Le aclara y, además, le da gratis un consejo: bebe ya, sin pensar, te sorprenderá su dulzor, y te ahorraras muchas dudas. Sin pensar, sin pensar, venga…

Ella mira el papelito. Parece la etiqueta que ponen en el supermercado a las cajas de pescado. Lubina salvaje. Origen Mar del Norte. Producto fresco. Consumo máximo 48 horas. No lo piensa más y se lo bebe como el vaquero de película que bebe un chupito de whisky. Acaba haciendo mucho ruido, es inevitable con la cañita de beber si se quiere apurar todo bien.

Sabe a coco y fresa. Dice sorprendida, ya que sin mucha razón aparente pensaba que su sabor sería como el del hígado del pollo frito.

Son diez euros. Le contesta la camarera que ya ha retirado el vaso vacío y está lavando la batidora.

Paga (jolín, qué caro) y se va.

En casa, el pollito ya no está en la pecera, pero la tele está encendida, con los hermanos Jonas fingiendo ser niños de un colegio americano.

Aturdida, por lo del pollito, porque en el trabajo han despedido la secretaría de dirección por desvelar secretos industriales, y por el zumo de ojo de lubina que se ha tomado, decide acostarse temprano.

Sueña toda la noche con el mar.

Al principio cree que es una sirena, pero lo descarta porque no se encuentra ninguna hermosa cola de lentejuelas verdes, ni tiene brazos, ni puede cantar. Además no ve por ningún lado una tupida cabellera larga que pueda sujetar con estrellas de mar. No es una sirena, no.

Pero está segura de que va por el mar… Y hace frío, y está oscuro. Y muchos peces vulgares, como los que te comerías en un restaurante de domingo, van a su alrededor.
Al rato se acostumbra a nadar en el frío. No es nadar, es como deslizarse, le recuerda a cuando mete los dedos en la mantequilla reblandecida, es la misma sensación.
Se le pasa el agobio y empieza a descubrir a su alrededor “gente” un poco más especial.

Hay anguilas y congrios. Un montón de mejillones pegados a las rocas, merluzas, cigalas, camarones. Tres tiburones que no se relacionan con nadie, parecen bastante estirados. Las sardinas sin embargo parecen unas cachondas, y disfrutan pinchando a las rayas que, cuando se enfadan, dan más miedo que los tres tiburones.

Justo, cuando se acerca a un rape para preguntarle dónde están (ya sabes, hay que hacer amigos hasta en el infierno), suena el despertador.

Y otro día más (o menos).

Seguro que será un día normal.

Para demostrarlo, lo primero que hace, antes de ducharse o de vestirse, es ir a la nevera y sacar dos naranjas de Valencia y un pomelo. Lleva el cuchillo que corta troncos de pino en la mano. Pone el pomelo sobre el plato, y lo corta por la mitad.
Sonríe cuando ve que al cortar el pomelo sale del interior un reloj. La fruta de su nevera empieza a parecerse a los huevos Kinder. Llevan sorpresa en el interior… Es un Casio negro. De los que vendían hace años en las tiendas de Islas Canarias. Con calculadora incorporada y cronómetro.

Parece que el día va a ser anormalmente normal. Se dice. Aunque se siente un pelín decepcionada cuando comprueba que el cuchillo asesino ha cortado la correa de plástico del reloj.

No sabe si es una premonición, o un resultado lógico de la publicidad de la teletienda sobre su lote de cuchillos japoneses, pero por si acaso, decide desayunar en la zumería de la esquina.

Quiero un zumo. Le dice a la dependienta que esa mañana lleva las uñas pintadas de color amarillo.

¿Te fue bien el zumo de ojo de lubina? Sonríe amable.

Sí. Y duda leyendo la carta, porque ella sabe lo que quiere.

¿Y hoy de qué lo quieres?

Quiero un zumo de ojo de persona feliz.

Es que de eso no tengo en la carta. Si miras, en la categoría especial tengo zumos de ojo de bailarina; de cantante de rock; de ministro de defensa; de asistenta del hogar de famoso; de hacker; de lesbiana; de paracaidista; de novia virgen… pero yo no sé si eran felices… Ya te dije que somos una empresa seria, y que no engañamos a los clientes.

Duda, y parece meditar. La camarera le deja espacio y tiempo. Parece tan concentrada que la camarera, con disimulo, la vigila por si le empieza a salir humo de la cabeza. Se queda cerca del extintor, solo por si acaso.

Bueno, pues entonces ponme un zumo de ojo de pollito.

¿Seguro? Parece sorprendida. Ayer no querías ni el de paloma.

Seguro. Un pollito sólo puede haber tenido buenas visiones: a su mamá- gallina, el calor del huevo antes de romper, sus hermanitos pollitos. Todo parece tierno y cálido… Eso me parece bastante feliz.

Este va con papaya y una cortadita de mango.

Diez euros.

Bebe rápido y se va a trabajar. Cuando sale de la oficina, se da cuenta de que se ha vuelto olvidar de comer. También han despedido al delineante por difundir secretos industriales… ¿Cuántos secretos industriales puede tener una empresa de ascensores?
Está cansada.

En casa se duerme nada más tocar la cama.

Esa noche, al principio, sueña con el calorcito del interior del huevo. Todo se ve de color naranja ahí dentro. Es bastante… lisérgico. Se siente recogida, en estado fetal, protegida, cuando un impacto terrible que parece serrar su huevo en dos, la deja desnuda. Una luz mortecina que viene de los tubos de una cocina que, por cierto, ya está necesitando reforma, lo inunda todo. De repente, se siente atrapada en una burbuja de cristal, y lo único que ve son capítulos y más capítulos del Disney Channel.

Cuando se despierta, detesta a Hannah Montana, a los hermanos Jonas y, sobre todo, a la camarera de la zumería. Uñas de bruja, murmura. Está segura de que le han robado a su pollito, lo han descuartizado y ella, se lo ha bebido.

Se viste y, decidida, se dirige a la zumería. Va a pedir las hojas de reclamaciones. Eso, cuanto menos.

Al acercarse a la esquina donde está ese centro de bebidas asesinas, descubre que las persianas están bajadas, y un cartel negro y rojo reza: “Se traspasa”.

En la puerta de la farmacia de al lado está el farmacéutico, fumándose un cigarro.

Le pregunta.

Lo han cerrado porque era una cochinada lo que vendían. Obvio.

¿Quieres algo para dormir? Te veo mala cara…

No le responde, se da media vuelta y se va al trabajo.

Al llegar, le cuentan que han despedido a la señora de la limpieza por desvelar secretos industriales.

Aturdida, saca una naranja que ha metido en el bolso, antes de salir de casa, y con el Cutter del despacho la abre por la mitad, sobre un informe que analiza la resistencia al fuego de los metales de sus ascensores.

Sonríe.

Al cortarla, aparece una pajarita de papel amarillo.

Sonríe.

Al final, va a ser un día normal.

jueves 27 de enero de 2011

En la oscuridad.




Marta nació a las doce del mediodía y para sorpresa de sus padres que esperaban un bebé pelón y llorón, tipo "Nenuco Mocosete", resultó ser una niña mágica.

Si su madre, tan preocupada por su futuro, en lugar de abrirle un plan de pensiones, hubiera llamado a uno de esos canales de tarot en directo, alguna bruja con casaca de satén azul, al echarle las cartas a la niña a razón de tres euros el minuto o fracción, seguro que, tras declararla bendecida por la fortuna del universo y de las conjunciones astrales, de las constelaciones en general y de algunas estrellas en particular, y tralarí tralará, le hubiera dado instrucciones precisas de cómo proporcionarle una vida feliz.

Aunque quizás, desde un punto de vista mucho más pragmático, lo que debiera haber hecho su madre era invertir en una buena linterna auto-recargable, que además por aquel entonces estaban incluidas en los catálogos de regalos por puntos que el banco ofrecía por utilizar la tarjeta de crédito.

No sé, uno nunca sabe cómo acertar.

Porque como decía, y volviendo a la cuestión principal: Marta nació a las doce del mediodía y resultó ser mágica.

Y es que Marta, de niña, chupaba una piruleta amarilla y la lengua se le tintaba de azul, de azul oscuro. Tan azul, que su lengua parecía la de un Chow-Chow.

Cuando lloraba, sus ojos castaños se volvían grises.

Si reía, las palmas de sus manos adquirían el color de las zanahorias.

Y al crecer, resultaba sencillo saber cuándo estaba enamorada: las borras del café que hacía por las mañanas, en la antigua cafetera italiana “Oro de Ley”, salían de un precioso color verde esmeralda.

Su magia alteraba todos los colores.

Sólo necesitabas conocerla un poco y fijarte para poder comprenderla, para entenderla; con la misma facilidad que se lee un libro abierto (si sabes leer, claro).

Si su madre, tan previsora, en lugar de abrirle un plan de pensiones con nombre de atracción de coches de choque, “flexi-plan choque estrella”, para asegurarle su jubilación a sesenta años vista, hubiera consultado con los profesionales de la fortuna, habría sabido que toda la magia de su hija, no serviría de nada en tiempos de oscuridad, porque los colores, sin luz, no existen.

Aunque quizás, con una buena linterna que no necesitara pilas, habría sido suficiente para alumbrar.

Como decía, uno nunca sabe cómo acertar.

jueves 25 de noviembre de 2010

Otro cuento de Navidad



Siendo niño leyó en un libro de cuentos que en un apartamento de Manhattan habitaba un malvado-rico (binomio inseparable en todos los cuentos, también en éste) que compraba sueños. Media hora de sueños, por cinco dólares.

A pesar de que, seguro, era un procedimiento muy doloroso, —procedimiento que además el niño imaginaba de un intenso color gris marengo—, por el que al donante le extraían sus sueños futuros dejándole el cerebro convertido en algo parecido a una acelga hervida, siempre había cola en el portal del apartamento. Era la época de la recesión; la gente vendía sus sueños para poder comprar sopa en polvo, casi seguro de champiñones.

Desde que leyó ese libro, el niño estuvo viendo gris, gris marengo, durante meses. Como si llevara un velo de tul gris, como lo llevan las novias, pero invisible para los demás.

No era la primera vez que le pasaba.

En realidad, siempre que leía un libro o una historia (incluso una vez le ocurrió con una noticia del periódico del colegio), y establecía esa especial conexión que te hace vivir en primera persona lo que lees, por alguna razón, quizás por alguna alteración genética, el niño empezaba a verlo todo del color que le inspiraba esa historia.

Cuando leía algo que le gustaba, los colores eran brillantes y tranquilos, sobre todo azules; si leía algo triste estaba una temporada viendo gris (las distintas tonalidades se adecuaban al punto de tragedia que sentía, más claro menos triste, más oscuro más trágico); si leía algo divertido, solía pasarse el resto del día viéndolo todo tintado de amarillo.

Y así, de forma inexplicable, se coordinaban la infinidad de colores con la infinidad de las historias de sus libros.

El color que teñía su visión permanecía activo hasta que el tiempo le hacía olvidar. O eso creía.

Así, por culpa de haber leído esa oscura historia del mercader de sueños que se hacía con la vida de sus conciudadanos, él tuvo que ver gris el concierto de Navidad de su hermana y todos los niños disfrazados de angelitos, tan grises, parecían siervos de ultratumba; tuvo que esquiar ese año en unas absurdas pistas de nieve grises, y lo peor de todo, la nata que le ponía su abuela sobre la copa de macedonia, por su color, le recordaba al puré de garbanzos.

Por eso odiaba los libros y, por eso, dejó de leer.

O mejor dicho: lo intentó. Porque no pasó mucho tiempo hasta que, coincidiendo con la varicela que le inmovilizó en cama una semana, el niño empezó otro libro.

Esta vez trataba sobre una niña que vivía en un planeta donde llovía apenas una vez cada muchos años. Dos minutos de lluvia cada seis años, no más.

Los niños de ese planeta esperaban a diario el milagro de la lluvia. De una forma especial y silenciosa lo hacia una pequeña solitaria (que nuestro niño además imaginaba huérfana, aunque esto es algo no contrastado). Ella, todos los días a la hora del recreo, en lugar de jugar a la cuerda con las demás niñas, se pasaba el rato mirando al cielo nublado, esperando la promesa de esa lluvia. Nunca había visto llover. Sobra decir que sus compañeros la trataban como a una loca, le hacían corros alrededor, le daban empujones y le cantaban canciones de brujas y fuegos. Un día la encerraron en un armario de la escuela, sólo para divertirse. Fue justo durante ese rato cuando llovió. Con la alegría de la lluvia todos se olvidaron de la huérfana encerrada en el armario.

Con un rojo intenso en la mirada, nuestro niño imaginó la cara de desolación de la pequeña cuando fue liberada y vio los charcos que la tormenta caída había dejado en el suelo del patio de su escuela.

Con esa historia el niño sintió por primera vez el odio y la ira y, tanto le impactó, que no sólo estuvo viendo rojo durante meses, sino que además los iris de sus ojos también se tintaron de rojo.

Y ya se sabe, cuando las cosas extrañas se hacen visibles, intervienen los adultos. Como el séptimo de caballería.

Así, aunque sus padres estaban acostumbrados a que su hijo les dijera que veía de un color u otro, lo cierto es que nunca le creyeron: “Cosas de niños”, sonreían si el tema salía por casualidad cuando recibían algún invitado, entre sorbo de tila y de manzanilla. “Cosas de niños”, “Ja, ja” ,“ Ja, ja”.

Pero aquello de los ojos rojos fue demasiado.

Lo tuvieron que llevar al médico que les recetó un fungicida en crema con muy poco éxito. Muy poco. El rojo aún era intenso.

Por eso, luego acudieron al naturópata (el niño no recordaba ninguna palabra acabada en “pata” que tuviera un significado positivo, ludópata, psicópata, garrapata… aunque tampoco le hicieron caso) que le mandó unas cataplasmas de corazones de manzanilla triturados con hojas de ortiga que debía llevar sobre el ojo, con un parche, que tampoco le hicieron nada, salvo arruinarle aún más su extraña vida social.

Desesperados, le llevaron a un psiquiatra.

Alguien tenía que averiguar la conexión entre la visión coloreada de su hijo y las historias que leía.

“Demasiada pasión” sentenció el psiquiatra, con un suave acento argentino. “Este niño tiene un exceso de pasión que hay que tratar de inmediato”.

Y en plan madrastra de Blancanieves ofreciendo la manzana, les tendió a los padres del niño un frasco con dos cápsulas con forma de luna menguante: “Esto curará a su hijo”.

Al niño le pareció oír unas carcajadas malignas y un trueno al tiempo que el frasco pasaba de las manos de aquel caballero porteño al interior del bolso de macramé naranja de su madre; pero, de nuevo, no le quisieron hacer caso. Evidentemente ese era uno de los problemas que acarrea el tener los ojos rojos: la falta de credibilidad.

Esa misma noche, junto con la sopa de estrellitas que su madre le había preparado, el niño se tomó, bajo la mirada atenta de sus padres, una única píldora del frasco, que le dejó un suave sabor a mango maduro. Se acostó y, cuando se levantó al día siguiente, ya tenía sus iris castaños como las avellanas de finales de agosto.

Y así empezó una nueva vida que le permitió leer a García Márquez sin ver verde brillante durante décadas, e incluso pudo leer a Neruda y no ver para siempre del color del agua.

Sus padres, para ser sinceros y no faltar a la verdad, sí que notaron algunos efectos secundarios de la píldora, de cuya existencia ya les había advertido el terapeuta que se definía a si mismo como psicoanalista lacaniano: el niño dejó de tener plato favorito, olvidó su color y equipo de fútbol preferido, y si se le preguntaba qué canción, película o libro le gustaba más, quedaba enmudecido. Tampoco se le conocía un mal mejor amigo. Ni tan siquiera uno que fuera mala persona.

El niño era completamente normal, suspiraban y sonreían sus padres al unísono haciendo chín chin con un poquito de mistela. Cualquier cosa mejor que los ojos rojos.

Tan normal era, que se hizo óptico. Una de la profesiones más normales que existen como todo el mundo sabe: dioptría arriba, dioptría abajo, las emociones cero estan aseguradas.

Durante esos años, el niño ya convertido en hombre, pudo ver caer las Torres Gemelas sin gritar de terror; pudo sorber su sopa quizás salpicada con algún tropezón de cuerpo humano disparado desde su televisor mientras veía el telediario a la hora de la comida y de la cena, y todo ello sin sentir ninguna mínima náusea; también pudo leer a Cormac McCarthy mientras tarareaba la conga, y se convirtió en el invitado perfecto en los entierros pues siempre encontraba las palabras adecuadas que además podía decir en voz alta sin emocionarse.

Ocurrió que, en ese remanso de paz y felicidad que era su existencia, un día de Nochebuena, un cliente apareció en su óptica apenas media hora antes de cerrar. Se le había roto las gafas y las necesitaba para poder cocinar para su familia esa misma noche. Juraba no poder distinguir los ingredientes del relleno de su pavo si no se le arreglaban las gafas. “¿Cómo distinguiré las almendras de los ajos sin mis gafas?” le suplicó.

Conmovido por los cien euros que pensaba cobrarle, por la urgencia y la festividad, aceptó repararlas él mismo.

No se sabe si, quizás por la presión de tener que trabajar contra reloj puesto que él mismo tenía invitados en casa y no quería llegar tarde, o quizás por el libro de vampiros de Guillermo del Toro que estaba leyendo esos días, le comenzó a sangrar la nariz. Las casualidades son inexplicables, ya se sabe.

Primero una gota, dos segundos; dos gotas, un segundo; gota; gota; gota.

Tenía que cortar la hemorragia, se quitó los zapatos porque en algún lugar había leído que andar descalzo sobre el suelo frío la cortaba.

Gota, gota, gota, gota.

Recordó que ese remedio era para no marearse en el avión. Se volvió a calzar, se quitó las gafas inclinó la cabeza hacia atrás y sintió como tragaba sangre.

Tragaba, tragaba.

Bajó la cabeza, goteaba, y por fin encontró un algodón en el segundo cajón de su escritorio. Se lo colocó en el orificio de la nariz haciendo tapón.

Paró de sangrar. Miró sus manos, a su alrededor, y le pareció ver que todo estaba manchado de una sangre más bien borrosa. Recordó que se había quitado las gafas, las buscó sobre la mesa, un poco a tientas, y se las colocó. Estaban manchadas de sangre, jolines qué racha, así que antes las enjuagó un poco bajo el grifo donde se enfriaban los cristales tras el corte, y se las volvió a poner.

Sería por las prisas (el cliente continuaba fuera esperando sus gafas) que no las lavó muy bien, de forma que todo el cristal quedó emborronado con un poco de sangre.

Aquella leve película roja ante su mirada hizo el mismo efecto que el beso del príncipe en la Bella Durmiente: despertó en su interior aquel niño que veía rojo de ira contra la injusticia infligida a la niña que no llegó a conocer la lluvia.

Y lloró, y el sabor de sus lágrimas no era salado, ¡qué va!, sabían a mango maduro, y aquello le hizo llorar aún más.

Tanto lloró, que el cliente que esperaba fuera, conmovido por su llanto, se asomó a la trastienda, y con el deseo de consolar a ese hombre tan triste le regaló un caramelo “Sugus” que llevaba en el bolsillo de su abrigo, de color azul y con sabor a piña, igual que los que le regalaba su abuelo siendo un niño: su favorito.

Y aquel niño crecido en un mundo monocolor tuvo un momento de vértigo mientras chupaba el caramelo blandito, porque todos sus recuerdos le traían a la mirada los distintos colores que no había sabido apreciar en su vida, tan normal.

Cuando llegó a su casa aquella noche sus ojos estaban tintados de muchos colores, como las luces de los árboles de Navidad.
Se miró en el espejo y sonrió: “Nunca se tiene demasiada pasión” murmuró. Se puso una gafas de sol oscuras que le taparan bien los ojos y metió el pavo en el horno, esa noche cenaba con sus padres y recordaba perfectamente que el frasco que guardó su madre en su bolso de macramé naranja tenía dos píldoras con forma de media luna.

jueves 11 de noviembre de 2010

Mi primer muerto



La muerte del tío Sirito fue la primera que me tocó gestionar.

Todos tenemos un primer muerto y, no voy a negarlo, el mío fue un auténtico desastre.

Hasta aquel momento, los muertos me habían llegado correctamente tratados y elaborados por los adultos colocados sobre mí en la escala de autoridad familiar: siempre eran muertos perfectamente muertos; muertos vestidos para la ocasión; muertos con el siguiente domicilio contratado. Muertos de verdad, como los de toda la vida: tiesos como mojamas.

Pero justo cuando tío Sirito enfermó, papá y mamá (mis superiores en escalafón) estaban de viaje de bodas de plata y, tras largas deliberaciones familiares entre tía Águeda, que se había quedado a nuestro cuidado; Eduardo, mi hermano pequeño; y yo misma; decidimos no molestarles.

Cara: se les llama. Cruz: no se les llama.

Cruz.

La verdad, tampoco parecía muy difícil encargarse de un muerto. Ni aquello tenía pinta de ir a ser una tragedia griega, porque el tío Siro, además de ser pelín antipático, ya había cumplido los ciento ocho años aquel primer día que no quiso levantarse de la cama, para morirse “De una puta vez”. Así lo dijo, en su literalidad.

Tía Águeda, su mujer, que lo más arriesgado que había hecho en su vida era cortar las puntas a las judías para el hervido, nada más oír que su marido no se quería levantar porque había decidido morir, salió disparada de casa gritando que había que conseguir una gallina blanca virgen.

Recuerdo con precisión meridiana ese momento. Me quedé perpleja a mitad de mojar la magdalena en el café con leche del desayuno, viendo cómo salía de casa, derrapando sobre la rueda derecha del tacatá. ¿Se había quedado así Proust con su magdalena? ¿Podían las gallinas, del color que fueran, ser vírgenes?¿ Desde cuando podía la tía correr a esa velocidad? ¿De dónde viene eso de ser más puta que las gallinas? ¿Entonces la mecedora, de la que no se levantaba nunca la tía, no la tenía implantada como Robocop su casco o los caracoles su cáscara?

Como veis, todo aquello resultaba muy confuso.

Para colmo de males, a las tres horas, volvió a casa con una gallina blanca, colgando boca abajo del manillar derecho de su tacatá. A saber a quién se la había robado, porque el monedero no se lo había llevado en la estampida.

Al grito de “No os acerquéis que esto tiene muchos microbios, se os caerán los dientes, a ti los huevos, y tendréis lombrices carnívoras”, nos apartó, la colocó dentro de la pila del baño y, después de frotarla con la pastilla de jabón Lagarto, enjuagarla un par de veces y secarla con el difusor para rizos de mamá, la gallina parecía un pompón blanco y, desde luego, estaba al borde del colapso histérico.

Entonces la tía la puso dentro de una cazuela para arroz al horno (lo que no tranquilizó mucho a animal) y todos nos acercamos a su cabeza y miramos fijamente a su ojo redondo, en busca del rastro del pecado carnal. La gallina, dándose por muerta, se desmayó dentro de la olla, signo que tía Agueda interpretó de pureza y, por ende, virginidad. El animal había pasado la prueba. “Esta es la gallina que buscaba. Virgen como mamá, en paz descanse”, afirmó mientras se la metía por debajo del delantal, dejando sólo a la vista la cabeza blanca del pobre animal. “Mientras esta gallina tenga plumas el tío vivirá” dijo.

Mi hermano Eduardo pareció muy satisfecho con la seguridad de la tía y para celebrarlo se comió una tableta de chocolate con avellanas.

Yo lo consideré una tontería, ¿había dicho que su madre era virgen, verdad?, pero como soy muy práctica, y estaba dispuesta a todo con tal de hacer tiempo, también me callé, yo sin necesidad de chocolate. Quizás el tío no muriera inmediatamente y les diera tiempo de volver del viaje a papá y mamá.

Y así quedó la cosa, cada uno a lo suyo, hasta que empezamos a pasar muy malas noches.

Llegaba la noche, nos metíamos en cama, y la gallina empezaba a cacarear como enloquecida. Más que una gallina sonaba como el gavilán de Heidi después de atizarle con un bate de béisbol.

A la mañana siguiente, cuando salíamos de las habitaciones, veíamos a Tía Águeda con la gallina dentro del refajo sentada en su mecedora-cáscara. Haciendo como que le hablaba, y la gallina cada vez más desplumada.

Eduardo y yo llegamos a la conclusión de la viejita había enloquecido (¿de dolor?, ¿de barriga?, ¿de muelas? ) y estaba arrancándole ella misma las plumas a la gallina. ¿Quería tía Águeda matar a su marido? ¿Al tío?

El caso es que el tío Siro cada día estaba peor: él se quería morir, casi seguro que la tía quería cargárselo, y la gallina nos iba a matar a todos, de sueño o de una fatal alteración de nuestro metabolismo.

Así que Eduardo, que es un pelma y le encanta la pose de intelectual francés, decidió intervenir y aplicar el remedio del último libro que había leído: “Las intermitencias de la muerte”. Propuso llevar al tío al otro lado de la frontera para ver si así no se nos moría.

El bobo había oído decir que en el país vecino, siguiendo la idea del libro, el gobierno, puesto que se quedaba sin contribuyentes, había derogado, por decreto ley, la posibilidad de morirse. Eso hasta nuevo aviso.

Mira que le insistí en que aquello era una tontería, que la gente se muere igual aquí que en Singapur, pero una noche, ante los cacareos frenéticos de la gallina, Eduardo cogió al tío, lo metió, aún no sé cómo, en la cesta de su bicicleta y se lo llevó al otro lado de la frontera en plan E.T.

Total treinta kilómetros de nada. Después de las heladas del invierno, treinta kilómetros, de baches.

Y aquí llega el lío.

Por casualidad esa noche me desperté con sed y, al ir a por un vaso de agua, descubrí a tía Águeda quitándole plumas a la gallina con unos alicates.

Aquello era un esperpento.

Le quité el animal y, para protegerlo, decidí encerrarlo en la habitación de Eduardo, porque a mí me daba requeteasco aquel bicho. Así descubrí que Eduardo no estaba en casa. Ni él, ni el tío. Y de la misma forma que dos más dos son cuatro, y cuatro y cuatro ocho, enseguida até cabos y me imaginé que se habían ido al paso fronterizo.

Me fui en su búsqueda. Cuando llegué, Eduardo ya estaba al otro lado con el tío Siro que, desfallecido por no haber dormido por los cacareos de la gallina durante la última semana, y descoyuntado por recorrer treinta kilómetros dentro de una cesta de bici, tuvo a bien mirar fijamente a los ojos de Eduardo, decirle alto y claro: “Imbécil”, y morirse.

Aquello demostró dos cosas importantes: que el Decreto ley de no morirse de nuestros vecinos sólo les afectaba a ellos. Los inmigrantes, ilegales como nosotros, podían morir. Y que, o bien la gallina no era virgen, o lo de las plumas era una tontería, porque el tío había espichado y la gallina alguna pluma conservaba.

Como todo era un desmadre, decidí coger las riendas de la defunción.

Volvimos a casa, al tío le pusimos el traje que mamá le había cosido para la última fiesta de Halloween, que era bastante elegante (porque aunque era de Frankenstein, con no ponerle los clavos en la cabeza ni dibujarle la cicatriz en la frente, daba el pego) y le incineramos. Era un jueves por la mañana a las once y media de la mañana.

Todas las gallinas del pueblo estuvieron cacareando esa mañana, creo yo que en su honor. Por despejar el bulo que amenazaba la supervivencia de su especie. Y por eso esparcimos las cenizas en la granja de Tío Doroteo, en el gallinero, para respetar ese especial vínculo tardío creado entre el tío y las gallinas.

Todo iba bien, y estaba controlado, hasta que a la hora de cenar se escuchó ruido en la cerradura de casa y luego la puerta cerrarse.

Algo debí imaginar cuando se escuchó fuera de casa todo tipo de cacareos, pero no supe qué ocurría (¿estaban de vuelta papá y mamá?) hasta que fue el mismísimo tío Siro el que apareció delante de nosotros, apoyado en su bastón, sonriente. “Al final ha sido una excelente idea que me llevarais a la frontera, el agua de ese maldito país tiene mucho hierro, me encuentro mucho mejor. Creo que me moriré en otro momento, quizás para después de la vendimia.”

Tía Águeda se santiguó.

Eduardo murmuró algo así como “¿Quién tiene razón ahora?” y se metió un pedazo de chocolate con almendras y envoltorio en la boca.

Y yo… yo aún no sé qué decir.

Y no es que me importe poner en la mesa un plato de sopa caliente para el antes difunto y ahora resucitado tío Siro; o me moleste ver pasear a la gallina por el pasillo de casa, sobre todo ahora que le han salido plumones nuevos y, como nos conoce, está más cariñosa. Qué va. El problema es que no me quito de la cabeza una duda: si el tío Sirito no se ha muerto ¿a quién incineramos el otro día?

sábado 30 de octubre de 2010

Por casualidad



Cada vez que vendo un par de audífonos me vienen a la cabeza los pelos verdes del moho de la penicilina.

Me pasa incluso cuando vendo un solo audífono. Un desparejado.

Y no es porque los tenga en mal estado (los audífonos, se entiende); sino por la casualidad. La misma que le pasó a Fleming con la penicilina, o bueno, así en plan más informal, a Spiderman con la araña.

Podría decir que me ocurrió mientras leía a Chejov y escuchaba un CD de Chet Baker. Podría decirlo para parecer sensata, o trascendental. Para que me creyerais. Pero no. Me ocurrió mientras Shakira cantaba el Waka Waka y yo, siguiendo el ritmo futbolero con los hombros, hojeaba el Súper-Pop.

Total, que también podía decir que me estaba tomando una infusión de rooibos africano, pero en realidad me estaba pimplando un carajillo en vaso grande y, entre el notición del Súper–Pop (y los cuernos intervampíricos), el “¡Esto es África!” y el tocadito de coñac, se me fue el asunto de las manos, y en una pirueta de danza que se llama “ameba” (y lo sé porque, también, he de confesar que veo “Fama a bailar”) empapé de carajillo los audífonos que venían a recoger por la tarde, la CPU del ordenador, el flexo con la pegatina de la buena suerte de Bob Esponja, el Súper-Pop, la alfombra amarilla y la cortina.

Un desastre.

Menos mal que resultó ser un desastre con solución (esto lo he aprendido de otros reconocidos vertidos, vamos, igual que pasó con el Prestige, y pasará con los vertidos de Hungría): detergente para la alfombra y palitos de algodón para la CPU y los audífonos.

Y luego el susto: porque me coloqué los audífonos para probar si funcionaban y nones. Que con aquello no se oía ni a un Airbus 350 aterrizando en la tienda.

¡Buf! Y los recogían en una hora.

Así que, por si se había desconfigurado el software de los aparatos, los conecté al ordenador para probarlos, y ¡hala!, los pelos de la penicilina. Menudo chispazo me dio el ordenador al encenderlo.

Tan fuerte fue la descarga que me cargué el diferencial de la tienda, y me quedé sin luz. Y luego, encima, vinieron a recoger los audífonos media hora antes, y como no sabía qué decir, y estaba agobiada, no sé, no supe reaccionar, y opté por la solución más sencilla: sonreí, empaqueté los audífonos, y cobré la factura.

No dije ni mú del vertido líquido alcohólico.

No pienses que soy mala persona. Les repetí, hasta en tres ocasiones, que los audífonos tenían una garantía de dos años. Que ante cualquier problemita, volvieran.

Y se fueron, contentos. Y yo me quedé, con el olor a coñac y la pegatina de Bob Esponja que se me había pegado en el codo de la manga derecha.

Y lo que sigue lo tengo que resumir, porque explicarlo sería tan tedioso como que Fleming nos razonara de una forma científica el asunto de la Penicilina. ¿No la venden en pastillas?, pues no hace falta que nos faciliten la fórmula química ¿no? Pues lo mismo (pero un poco más mundano, lo reconozco), en mi página de Facebook empezaron a entrarme mensajes con los pensamientos del caballero que me había comprado los audífonos.

¿Qué cómo lo sé? Pues, desde que leí el primer mensaje, que recuerdo en su literalidad: “¡Uy! Qué raro, estos audífonos huelen a carajillo de Soberano”; hasta que lo descubrí, un día que recibí un mensaje que decía “No pasa de hoy que me ajusten el derecho” y al rato me apareció en la tienda el abuelito sonriente con el audífono de la oreja derecha sin pila; me costó bastantes días comprender qué ocurría. Días y días de ver cómo se colapsaba mi buzón de Facebook, una y otra vez (porque hay que ver el espacio que llena lo que pensamos).

Pero al final lo entendí. Ya ves, estoy muy versada en cómics Marvel y me manejo bien con el transfondo científico que llevan inherente: la descarga eléctrica había interrelacionado los audífonos con mi ordenador, y eran como dos partes de una misma cosa. El audífono recogía lo que su portador pensaba, y lo “almacenaba” en mi ordenador. Para ser exactos en mi correo de Facebook.

Para cagarse.

Y no sólo me ocurrió con ese primer audífono, el del Waka Waka; cada vez que intentaba configurar un aparato con el programa del ordenador, hale, conexión establecida con mi correo.

Así que imagínate el lío.

Yo que vendo un promedio de cinco pares de audífonos a la semana, me tuve que abrir sub-carpetas de correo separadas para cada uno de los compradores (por tenerlo todo un poco organizado me acostumbré a hacerles una foto a los clientes con la web-cam, con la excusa de un supuesto archivo de la clínica, y así les ponía cara a sus carpetas), ¡ah! y también tuve que pagar una ampliación de la capacidad de memoria del disco duro de mi ordenador. Pero salvo por el lío del correo y el desembolso económico que me supuso la ampliación de memoria, a partir de ese momento, todo resultó súper fácil.

Coser y cantar ("tralará").

Yo que tengo una tendencia natural a ser una “bien-quedada”, reconozco que saber lo que piensa la gente ayuda mucho.

Desde luego que hay pensamientos que es mejor no conocer. Sobre todo los que se producen de diez de la noche a una de la mañana; pero también reconozco que hay momentos que te compensan. Por ejemplo, resulta precioso leer los pensamientos de la gente mientras se come una tarta tibia de manzana con canela o mientras coge un bebé recién nacido en brazos.

Así que, les cogí cariño a mis cliente-pensantes, e intenté hacerles la vida un poco más fácil. ¿No sirve la penicilina para curar a los enfermos? ¿No sirve Spiderman para ayudar a los ciudadanos? Pues eso, ¿No debía servir mi casualidad para un fin superior?

Cuando por sus pensamientos veía que se sentían solos, les enviaba citaciones para supuestas revisiones de sus audífonos y pasaba con ellos un ratito, charlando y tomando cafés. Cuando pensaba que estaban aburridos, les enviaba invitaciones para el Circo (no sabes lo sencillo que resulta conseguir invitaciones, para lo que sea, a través de Internet). Cuando estaban tristes, les mandaba por correo un aviso de que habían ganado un concurso sorpresa en el vecindario y les había tocado, yo qué sé, una colchoneta hinchable de camping, o una trompeta para animar en el fútbol…

Al final, mi ordenador parecía el de una organización para-gubernamental de contrainteligencia y yo estaba agotada, de leer pensamientos, interpretarlos, e intentar atender a mis conectados. Algunos eran agradables, ya te digo; pero otros me costaba muchísimo entenderlos. Los había que pensaban en colores, según su estado de ánimo; los que a veces pensaban con escalas musicales; incluso tuve un caso que, cada dos por tres, entre sus pensamientos repetía sin ton ni son la serie de letras asdfg ñlkjh.

Agotador.

Pensaba tanto en ellos, que como dice la canción, me olvidé de mi.

Ya no me iba a dormir a casa, no me hacía el tinte (por lo que casi parecía la bruja averías), mi novio (al que una noche, mientras dormía, le puse unos audífonos, para cotillear; no os podéis imaginar lo que leí que pensaba de Bob Esponja y los vampiros) me dejó, convencido de que le estaba siendo infiel…

Y en estas, llegó la Navidad.

Todos eran muy felices, o estaban muy tristes. Aquello, que se me estaba yendo de las manos, a ojos vista, me iba a suponer mucho trabajo de coordinación social. Y de nuevo, me sentí desbordada; como el primer día, con la crisis del carajillo. Así que pensé: ¡qué diablos! Esto hay que solucionarlo.

Y por reproducir la situación misteriosa del día en que todo empezó, busqué el Soberano para hacerme un carajillo, pero estaba vacía la botella, así que, por su similitud, cogí una botella de Agua del Carmen, le pegué un trago (directamente de la cabeza de la figurita con forma de virgen blanca) y me preparé un tocadito de café con Agua del Carmen, me puse en el I-Pod a Lady Gagá, y después de un par de piruetas, como quien no quiere el asunto, tiré todo el brebaje sobre la CPU del ordenador.

Yo no sé si es que las cosas, cuando no son naturales, que están preparadas, pierden efecto; o es que simplemente me tenía que pasar, igual que a Newton con la manzana, pero el caso es que, cuando yo pensaba que lo tenía todo resuelto, porque ya hacía un par de día que no recibía correos en mi Facebook, llegó uno de mis clientes a la tienda y me invitó a comer con su familia el día de Año Nuevo. Lo cierto es que se lo agradecí un montón, porque estaba sola y un poco abatida, de verdad. Al rato llegó otro, con una botella de Gran Duque de Alba, y me la regaló. También lo agradecí muchísimo, prefiero el coñac de toda la vida al Agua del Carmen. Y cuando ya creía que era realmente afortunada, menuda racha de buena suerte tenía, y que mi vida volvía a su cauce natural, entró mi ex novio con un ramito de lirios amarillos y una pegatina nueva de Bob Esponja submarinista.

“¿Por qué me traes esto?”, le pregunté con cierto despecho.

Entonces cayó la manzana, apareció el pelo verde del moho, y la arañita radioactiva: “Me pareció que lo necesitabas, por lo que entendí del correo que me mandaste a Facebook esta mañana. No me costó mucho saber que era tuyo, sólo tú puedes pensar en una pegatina de la esponja esa con hepatitis y patas, haciendo submarinismo”.

domingo 3 de octubre de 2010

Quitamanchas



Es mi primera compra tras la vuelta de las vacaciones. Resulta aburrido y previsible: el supermercado sigue en su sitio (vaya, ningún tornado se lo ha llevado a otro barrio); por el olor que percibo al entrar, confirmo que Irene continúa limpiando la cinta de su caja registradora con el producto aceitoso, ese de cera de abejas, que luego pringa las manos, las bolsas y los maleteros de los coches; y los paquetes de seis melocotones, enfermos de ictericia o de lepra, siguen de oferta. Dos por uno.

Todo igual.

Suspiro.

Hoy no me he molestado en hacer una lista. Es obvio: después de veintinueve días fuera de casa, me falta de todo. Por faltarme, me falta hasta el ánimo para escuchar, en menos de treinta minutos, “tropecientas” mil veces (me disculpo por usar este precioso número mágico en relación a lo que vomita la megafonía de un supermercado, pero lo siento, no se me ocurre otro número con más tragaderas), a la cajera siniestra, con voz de madrastra de la sirenita, informarnos de que tienen la trucha fresca de oferta.

Si te llevas dos truchas, pagas una. Y las dos sin tripas.

Es como el holocausto caníbal: con unas tijeras extra grandes de acero inoxidable les abren la panza, les arrancan las tripas, y las meten en un cucurucho de papel apto para el consumo alimentario.

No me puedo resistir a los pucheritos que parecen hacerme las chicas de la sección de frutas y pescadería (las pobres, vestidas con sus uniformes verdes y naranjas; no me extraña su pena) y, al final, cojo dos paquetes de melocotones podridos y seis truchas zombies. Zombies, o que a medianoche se convertirán en zombies (el caso es que no lo tengo claro, y mientras les arrancan sus vísceras con guantes naranjas de fregar, intento recordar cuándo un infectado sin tripas se convierte en uno más de ellos. Lo hago para distraerme. ¿Les pasa como a los vampiros que si no clavan una estaca en su atacante durante la primera noche, al día siguiente se convierten? ¿Será la dependienta de la pescadería una zombie que ha infectado mis truchas? Eso pienso mientras me fijo en el ojo blanco de una de ellas y, por si las moscas, decido hacerlas al horno en el día).

Las meto en el carro e intento olvidarlas. Soy un poco veleta y me dejo llevar por la rutina de los pasillos de conservas que me reglan una biodiversidad pacífica y ordenada: las tortitas mexicanas de maíz, codo con codo con la salsa barbacoa “made in USA”. Las latas de pimientos asados a la piedra, del País Vasco, pegaditas a las de callos. Botellas de champán francés junto al cava catalán…

Compro, compro, compro y compro; y es en la sección de detergentes, cuando con el carro, que ya pesa unos veinte kilos y que además se empeña en escorarse a la izquierda, freno en seco (y quizás eso sea una exageración, porque mi capacidad de frenada en seco con semejante armatoste, es la misma que la de un buque mercante en pleno océano) pero bueno, más que menos, freno, y me quedo parada.


Estoy delante de unas minúsculas botellitas verdes, quitamanchas.

El eslogan que llevan impreso dice: “El mago quitamanchas”. Lo repito en voz alta, para creérmelo: “El mago quitamanchas”. Eso leo.

Incluso pone el nombre del mago, con letras doradas con relieve. Chico listo. Eso siempre da confianza. Porque vamos a ver, no es lo mismo que te opere de los juanetes un doctor, que el doctor Estévez. Ni que tus hijos vayan a una escuela de fútbol, que que vayan a la escuela de futbol de Cañete.

Lo leo de nuevo, esta vez, con las gafas que me pusieron de castigo por cumplir los cuarenta. (vista cansada, vista cansada, “ñiñiñi, ñiñiñi”… ¿Alguien puede creer que lo único que tengo cansado y necesita una prótesis para funcionar, a los cuarenta, son los ojos?) En fin, como decía, me las pongo.

Es un apellido, no un nombre; estoy casi segura. Los nombres no suelen ser tan largos como este que soy incapaz de pronunciar, aunque, la verdad, es que en menos de dos segundos me vienen a la cabeza un par de nombre largos : Gumersinda y “Maríadelasmerceditas”. Dudo , ya ves, como si tuviera importancia que el Mago quitamanchas se identificara por su nombre o su apellido, pero así soy, me complico con cosas tontas, y mi intuición (esa intuición que creía averiada desde que te fuiste de casa sin que yo me hubiera dado cuenta de lo deteriorada que estaba nuestra relación, como muy bien tú me hiciste ver; o sin que me diera cuenta de las tetas talla 120 que se había puesto tu compañera de despacho, como muy bien me hizo ver mi madre), bueno, pues mi intuición, que después de mucha infusión con rabo de gato parece espabilar, me dice que es un apellido; uno de esos apellidos imposibles que, para escribirlos bien, siempre tengo que consultar en Google. Tipo Schwarzenegger, Giscar D’Estaing o Tchaikovsky. Ya sabes, de esos.

Me fío del señor del apellido complicado, y de su magia. Las botellitas verdes me parecen contener el elixir de la sanación. Ya no pienso en las truchas zombies, de verdad.

Hay decenas de modelos y cada uno sirve para un tipo de manchas en concreto. Manchas de óxido y de carmín; de chicle y desodorante; de bolígrafo y grasa de motocicleta. Siempre para dos tipos de manchas diferentes. Siempre son binomios extraños.

Elijo con mano temblorosa, por la emoción (claro está), el botellín que está indicado para limpiar manchas de excremento y de fresas.

Leo detenidamente la etiqueta posterior informativa y no veo que concrete para qué tipo de excrementos está indicado. Deduzco que quitará las manchas de mierda humana y de elefante. Incluso de ardilla. Si no fuera así, sería publicidad engañosa ¿no? y, al señor del apellido con exceso de consonantes, le podrían buscar las cosquillas los de consumo, o incluso mi vecina del quinto si lo llegara a comprar… Y menudo carácter tiene, igual le podría atizar un gancho de derecha, como al que vino a pintar el patio de luces de la finca y no pudo quitar las manchas de humedad…

Interesante.

Y con lo que limpias la caca, limpias el lamparón que te haces comiendo la copa de fresas con nata, el domingo, después de la paella.

Sí, sí, interesante.

El precio es exagerado para los diez mililitros que tiene cada botellita y, aun así, meto en el carro todas las que hay en el estante.

Dieciocho en total.

A tres euros con ochenta y nueve céntimos.

Setenta euros con dos céntimos.

Hago cálculos, que seguramente serán erróneos porque con las divisiones de cinco dígitos siempre me lío, pero los hago: con las dieciocho botellas, a razón de dos gotas diarias, tengo hasta las vacaciones del año que viene.

Me convenzo.Lo considero una ganga, y me alejo silbando al compás de la bachata dulce de Enrique Iglesias que han puesto en la megafonía para darle ritmo al eviscerado de truchas. Tripas fuera.

Resulta inevitable y, cuando me acerco a las cajas a pagar, me toca la de Irene (claro, todo el mundo la evita). Aunque no me dice nada, veo en sus ojos (que ahora sí que me recuerdan los de mis truchas, pero con olor a cera de abeja) la sospecha de mi locura.

– ¿Se te ha manchado algún mantel de fresa? Ya le debes de tener aprecio, porque va a costarte más el quitamanchas que el mantel… –, me dice con cara de abeja madre suspicaz.

– No es para un mantel –, le contesto mientras meto todas las botellas en la misma bolsa, a la que le hago un doble nudo y a continuación, aguantando su mirada y tal como diría mi abuela, hago “mutis por el foro”.

Pago.

Y no me entretengo más; ni protesto por el aceite con olor a cera de abeja que pringa todas mis bolsas; ni me molesta que me hayan marcado otra vez el lateral del coche al darme un portazo con otro coche en el aparcamiento; ni discuto con el que se ha saltado el ceda al paso y además me insulta; ni me importa que las bolsa de las truchas parezca tener movimiento…

Sólo pienso en llegar lo antes posible a casa, llenar la bañera, y echar dos gotitas de mi maravilloso quitamanchas.

Igual que Cleopatra se bañaba en leche de burra para estar bella; o la modelo australiana, esa rubia que abre los desfiles de Dior, se unta de vaselina toda la cara para estar radiante; yo quiero probar a ver, si quitándome toda las manchas de mierda (perdón por ser poco fina, digamos: ¿heces? ¿mejor así?) que llevo encima, me encuentro mejor.

También he sopesado la posibilidad de echar las dos gotitas en el café de la mañana, antes de irme a trabajar, pero me da miedo la composición química y, estarás conmigo en que, con los tiempos de crisis que corren, no me puedo arriesgar a que me hagan un análisis sorpresa de dopaje en el trabajo, y de positivo (¿qué puede haber más peligroso en el trabajo que una persona dopada contra los excrementos? Eso debe ser como tener una mapache rabioso en la oficina…) Vaya, como para que me despidan.

¿Las manchas de fresa?

Eso sí que es un secreto: el helado de fresas es mi favorito y, por fin, podré comerlo a lametazos, mientras veo películas de amor, sin miedo a babear de felicidad.

domingo 25 de julio de 2010

La piedra.




Amaia, con i, es una mujer camión.

Sus vecinos y amigos la conocen por su potencia y por su capacidad de carga. Tal como sostendría el anuncio de cualquier marca de esa clase de vehículos: es fuerte, segura y fiable. Yo diría que es más bien un camión tipo Volvo: en ella prima la seguridad sobre todas sus demás prestaciones.

Tiene un buen trabajo (de los de sólo mediodía, pero sueldo completo), en el negociado de cultura del Ayuntamiento, y se dedica, con devoción mariana, a restaurar retablos de vírgenes. Culos, mofletes, antebrazos, labios, lorzas, abdómenes… estropeados por el tiempo. “¡Qué pena!”, suspira, mientras tensa sobre un retablo un glúteo cuarteado .

No se muerde las uñas desde que leyó en el colegio, las reflexiones al respecto de D. Quijote a Sancho Panza; ni mucho menos fuma.

Siempre que alguien le pregunta su nombre, toma la precaución de aclarar su ortografía: “Amaia, con i latina. Griega no. Latina, por favor”. Está convencida de que así evita un sinfín de futuros problemas “de índole administrativa”. Así los llama, y sonríe, y deja a la vista sus braquets hipoalergénicos..

Y, desde luego, tiene contratados seguros para cubrir cualquier tipo de contingencia que su concienzuda imaginación para lo catastrófico puede prever: dos seguros de vida (uno de los cuales cubre el riesgo de muerte consecuencia de desprendimientos fortuitos de meteoritos al entrar en la órbita terrestre); cinco seguros de accidentes, a los que ella, con ternura, llama “mis búhos”, por el acrónimo que formaban las iniciales de los riesgos que cubren: de buceo, ultraligero, hípica, frente a escapes de ozono, y saltos de trampolín.

Y la joya de la corona: uno especial por defunción. Para pagar su ataúd de madera de peral blanco y dos coronas, una de rosas rojas y otra de violetas africanas.

Amaia, con i, ha alcanzado tal grado de perfección en el control de su vida que ha conseguido determinar qué hora exacta es la adecuada (desde un punto de vista que respete sus biorritmos) para levantarse por las mañanas. Eso, además, le permite programar la alarma de su móvil para que todos los días de la semana, incluidos los sábados y domingos, le despierte a esa misma hora (las siete y cuatro minutos), Beethoven con su “Para Elisa” .

Esos detalles de simplificación le hacen feliz, como cuando en los cuentos de hadas comen perdices. Saber el color y el olor de las flores de su entierro; el no tener que cambiar la alarma del móvil, ni tener que pensar si es fin de semana o no; no preocuparse por si un pirómano quema su coche o una jauría de ardillas rabiosas ataca su casa…

Y así es Amaia con i, todo seguridad, hasta que un día encuentra una piedra y todo cambia.

Una piedra. Ya ves.

En el sentido literal: una piedra. Del tamaño del puño de un niño de unos tres años. Con forma de lengua de perro, creo que de Setter inglés.

Está desgastada, como las piedras de la playa y alguien se ha entretenido pintarrajeando con lápices de colores su parte superior e inferior. El canto, romo, continúa siendo blanco. Casi todas las rayas son verdes.

Amaia, con i, detesta las piedras. Desde niña tiene una pesadilla recurrente, en la que pisa una piedra curvada con los pies descalzos. En el sueño siempre está en la playa y lleva los pies llenos de arena. Cric, cric. El tacto de la arena, la piedra y su piel resulta insoportable.

Pero la piedra blanca, suave y emborronada de lápices de colores parece, a simple vista, diferente. Y también se lo parece cuando la toca, con suavidad y ojos cerrados, con la yema de sus dedos índices y anular. Y le parece extremadamente liviana cuando la mete en su bolso.

Y desde entonces, Amaia está de excelente humor, y sus ojos, a pesar de ser castaños, le brillan de una forma especial (como el ámbar de los pendientes que se pone), y las vírgenes que restaura estos días parecen ruborizarse ante ella, y silba “Singing in the rain” aunque es agosto.

Todo por la piedra.

Amaia, con i, siente que la piedra le ha dado los gramos extra que necesitaba para tener bien pegados los pies al suelo.

Últimamente andaba un poco estancada, quizás distraída: no contrataba seguros para cubrir nuevos riesgos, no se tomaba las pulsaciones al volver a casa después del trabajo, no buscaba óxidos en sus cañerías que pudieran contaminar el agua…

Desde que tiene la piedra no tiene la pesadilla de los pies llenos de arena.

Desde que tiene la piedra parece entender los caminos de la vida siguiendo las rayas verdes de cera infantil. Es como leer las líneas de las palmas de las manos pero en una piedra. “¿Viviré muchos años?” y Amaia con i escoge al azar el extremo de una de las rayas verdes y la sigue con la mirada, o con la punta del dedo, y cuanto más dura el camino, sin encontrar el final, más vivirá. Y sonríe.

Ahora de nuevo todo ha vuelto a su cauce: pone la piedra blanca a calentar al sol y, al rato, se la lleva a la mejilla, y así se relaja, y piensa en sus cosas.

Es fuente de su inspiración.

Es feliz.

Así que Amaia, con i, se aficiona a recoger todas las piedras que se va encontrando. Y, aunque en ninguna encuentra tanta dulzura y tibieza como en la primera, todas acababan en su bolso. Por si acaso.

Una piedra roja que se encuentra en el bosque y que parece procurarle buena suerte (ese día Amaia, con i, recibe una partida extra de vírgenes marchitas que rejuvenecer, y ella se entusiasma); una piedra vulgar, de las de cantera, que piensa le da fortaleza (desde que la lleva ya no llora en las discusiones con su madre); una piedra negra para dormir por las noches; una rosa para que las flores del jardín no se marchiten…

Y ocurre que cuando su bolso ya pesa aproximadamente unos siete kilos, se ponen de moda los gatos.

“¿Estás solo? Cómprate un gato” Eso dicen en la tele, y muestran decenas de caras felices abrazando gatos de muchos colores.

Y los amigos, que están preocupados por la manía que le ha entrado a Amaia, con i, por recoger piedras, y cargar con ellas a todas partes, le compran un gato. Le ponen con rotulador permanente el nombre de “Pancho” en una correa de hilo, con los colores de la bandera jamaicana y se lo regalan para su cumpleaños.

Amaia, con i, abre la caja que encierra el gato y abre aún más los ojos.

Dos ojos verdes la miran. Ella retrocede como si hubiera tocado la piel húmeda de un sapo.

Un gato es fuente de microbios, y genera una brecha de incertidumbre en su adorada monotonía.

Con fuerza, sostiene la piedra blanca dentro de su puño (ojalá pudiera consultar en sus rayas de sabiduría cuánto tiempo tendrá al gato), sonríe a sus amigos, sin poder explicarse en qué estaban pensando, y decide asegurar al animal y a los daños que pudiera causar a terceros.

La chica de la correduría de seguros le atiende por teléfono, sin necesidad de desplazarse. “Amaia con i, ¿verdad?” pregunta sin esperar respuesta, y le dice que lo que necesita se llama seguro de responsabilidad civil. Amaia asiente al otro lado del teléfono, y mete al gato en su bolso, con los siete kilos de piedras.

No lo va a dejar solo en casa.

Es peligroso. Y además le da pena.

El gato es feliz en el bolso. Tanta piedra que hay dentro, le recuerda el arenero de la tienda donde vivía hasta que esa gente rara le metió en la caja, y puede hacer pis, o lo que requiera su organismo, en él. Sin necesidad de tener que acordarse de ir a ningún sitio especial que funcione como retrete gatuno.

A Amaia, con i, esa costumbre de Pancho le irrita, y todas las tardes se pasa horas enjuagando sus piedras que huelen a meado de gato.

Pancho no se deja duchar.

Lavar todas las piedras de noche, y frotarlas con un cepillito de dientes, es cansado si se hace a diario.

Y se ve que, de tanto abrir y cerrar el grifo para enjuagar sus piedras sin malgastar agua, el grifo se estropea.

Por la noche suena un “clinc”, pausa, “clinc”, pausa, de una gota de agua que cae. Y lo que parece tan fácil de arreglar se vuelve una locura porque de día el grifo está mudo, y sólo de noche se oye “clinc”, pausa, un, dos, “clinc”, pausa, un dos, “clinc”.

Amaia con i, prueba a concentrarse y busca la solución apoyada en su piedra blanca.

Pero nada.

Busca la fuga, metiéndose en el bolsillo todas las piedras azules, como el agua del océano, que ha encontrado.

Pero nada.

Intenta acabar con el ruido colgándole al gato una piedra transparente, como una gota de agua de manantial, de su collar.

Pero nada.

Así que Amaia con i nos llama.

Soy fontanero, de compañía de seguros. La empresa para la que trabajo se especializa en seguros absurdos: como asegurar la casa frente a invasiones de mariposas asiáticas, o emanaciones de canela en flor. De normal tengo poco trabajo, así que cuando me llama “Amaia, con i latina”, eso me dice, le digo que tardo diez minutos en llegar.

Llego y me la encuentro con un bolso colgando del hombro izquierdo del que sale la cabeza de un gato pelirrojo. El bolso parece muy pesado, me parece a punto de desfondarse. El gato me recuerda a Garfield. Hay piedras por todas partes. De hecho, en vez de ofrecerme un café o un vaso de agua me ofrece una piedra. Verde. Dice que hace juego con mi uniforme. Yo la cojo y me la guardo en silencio.

Pienso que está loca. También pienso que es normal encontrarme con clientes locos, quién va a contratar seguros como los de mi empresa…

Yo, al rato, también me vuelvo loco buscando la gota. Mi trabajo es así: a veces, arreglar una tontería te lleva una semana. Un compañero mío, una vez, se paso diez meses buscando una carpa naranja por las cañerías de un castillo…

Ella parece cansada, se cambia el bolso de hombro cada dos por tres. Mientras busco la fuga le llaman al móvil siete veces. Por lo que oigo es una de esas personas a las que todo el mundo le pide cosas. Ella no dice no. Yo, al menos, no lo he oído.

Recuerdo pensar en ese momento que no tiene el don de la asertividad.

No soy cotilla, pero es que estando los dos solos, yo buscando una gota de agua tumbado bajo una pila y ella mirándome, a treinta centímetros, es inevitable oír las conversaciones. El viernes le preparará una tarta de queso a su suegra. De jengibre ecológico. El domingo ayudará a una tal Dorita a pintar el salón de su casa de color pistacho. El lunes hará turno doble para sustituir a su compañera de la tarde que tiene dentista. No entiendo bien algo de un culo agrietado de virgen, no sé. El martes cuidará por la noche a su sobrino mientras su hermana va al cine…

Como el asunto va para largo, y ella ahora me da un poco de pena, le sugiero que pida comida china y así cenamos. Le prometo que le arreglo la fuga antes de irme. Que no volverá a pasar una mala noche por el clinc, clinc.

Pedimos el chino: arroz al curry, dos rollitos, ternera con champiñones, langostinos fritos con sésamo. Nos reglan un bote de lichis y dos pastelitos de la fortuna. Y una lata de cerveza.

La cerveza para mí, la fortuna para ella. Eso le digo y ella me mira como si lo creyera. "Es broma", le digo.

Amaia, con i, antes de empezar a cenar, abre su pastelito de la fortuna y desdobla el papelito de dentro. Lee en voz alta: “Suelta lastre y volarás”. Me mira y se mete el pastelito en la boca. Aún me parece cansada. Deja caer el bolso, que hace ruido como de muerto desplomándose escaleras abajo, el gato sale de estampida, y ella, de repente, parece flotar. Perdón, no lo parece: flota.

En ese momento se me ocurre atarla con el cordel de una cortina, no se vaya a volar como los globos de feria rellenos de helio… pero parece tan feliz a cinco dedos del suelo que la dejo ir.

De hecho, le abro la puerta principal y la veo alejarse, ligera, feliz.

Suena su móvil. Descuelgo. Digo que soy el fontanero. Es Pepa, que ni se da cuenta de que Amaia, con i, no ha descolgado el teléfono.

Quiere que Amaia le arregle el bajo de un pantalón que se ha comprado.

Mientra Pepa parlotea sobre lo injusto del tallaje de los pantalones en el mercado español, veo que Amaia, con i, revolotea dando palmas, por el jardín del vecino. Miro el teléfono, y sin molestarme, tan siquiera, en imitar voz de chica, le digo a la tal Pepa: “No”.

Y cuelgo.

Escribo en el informe del atestado de la compañía, "solucionado", y me marcho de la casa silbando un pasodoble. Siento que hoy ha sido un buen día. Y es que como decía antes, a veces, un problema diminuto requiere mucho tiempo para su solución; pero del mismo modo, en ocasiones, un gran problema se resuelve con un sencillo gesto.

domingo 13 de junio de 2010

Canicas



La mujer de los calcetines a rayas tipo Pipi Langstrumpf y chubasquero rosa con olor a fresa ácida se subió al teleférico. Sus pisadas sobre la placa metálica del suelo resonaban como en una película de miedo. Llovía y en consecuencia estaba sola: todas las cabinas tenían goteras y la gente sensata prefería, en esa clase de días, coger el autobús que, desde luego, resultaba una alternativa mucho más seca.

Vista desde lejos tenía un aspecto raro, entre triste y vagabundo, y más bien parecía Wally sin otros personajes con los que mezclarse; y precisamente eso es lo que le pasa a Wally cuando está solo: que sólo se ve a Wally.

Además, para mayor rareza, llevaba entre las manos un tarro de cristal transparente, con capacidad aproximada para dos litros de helado de chocolate, pero lleno de canicas.

Lo tenía tan pegado al cuerpo que las canicas vibraban al compás de sus pulmones.

Mientras el teleférico la hacía volar a trescientos metros sobre el asfalto, como una bruja sin escoba, apoyó la mejilla sobre el cristal y cerró los ojos para no marearse .

Para los que piensan que no se puede adivinar el futuro: treinta años antes, en la ceremonia de entrega del premio extraordinario de uno de sus cursos de posgrado, su padre ya previó que eso, exactamente eso, le iba a pasar.

El hombre tuvo una triple revelación: supo que su hija sería la primera en cuatro generaciones en no dedicarse al negocio familiar de las canicas; supo que había hecho bien en seguir el consejo de su suegra y ponerle a la niña el nombre de Violeta, “un nombre dulce para una mujer fuerte”; y supo que su hija, a pesar de ser muy lista —que lo era—, a pesar de su master en dirección y administración de empresas, a pesar de su posgrado en rescate de activos en crisis, y a pesar de su doctorado en optimización del desgaste del capital humano en toma de decisiones estratégicas, supo que, ella, también se equivocaría, como todo el mundo.

Pero, como él era solo un soplador de vidrio y, en comparación con su hija, no es que hubiera estudiado mucho, nunca le dijo nada y la dejó hacer.

Violeta, en efecto, no se dedicó al negocio familiar de las canicas, que no era más que una pequeña planta industrial con horno para vidrio, que a pesar de haber nacido a las afueras de la ciudad, ésta, dando muestras de un extraordinario apetito urbanístico, había acabado engullendo; y donde cinco operarios y su padre, protegidos con mandiles de cuero de vaca, fabricaban canicas artesanales, bajo estricto pedido, por el sistema de soplado y pulido manual.

Ya su tatarabuelo patentó el entonces novedoso sistema de fabricación del que aún eran propietarios en exclusiva, y que les permitía insertar en el corazón de la canica una micro-cápsula transparente, resistente al calor, que se sellaba al ser cubierta por el vidrio fundido, y que permitía colocar en el interior de la bola, en lugar de los vulgares filamentos ondulantes de colores, aquello que el jugador quisiera para el corazón de su canica.

Era el mismo sistema que caramelos Kojac utilizaría años después con sus chupa-chups: un corazón de chicle cubierto de caramelo. Pero en canicas.

No es que les fuera mal el negocio, todos los jugadores de canicas del campeonato mundial les hacían sus pedidos personalizados (la gente rara pide cosas raras; es lo único normal que hacen); pero Violeta, con las noches en vela que había pasado estudiando y los dientes amarillos que se le habían quedado de beber litros de café, pensó que merecía algo mejor que quemarse las manos a diario y dilatarse los poros de la cara por soplar en un tubo de metal como Pepepótamo. Y aunque notaba cierta desilusión en su familia, sobre todo en su padre, apuntó alto. Pronto la contrataron en una consultora con nombre de queso holandés.

Es difícil trabajar ochenta horas a la semana, eso en principio sólo pasa en los países anglosajones y, a veces, sólo en sus películas, en las que todo el mundo está muy estresado y va corriendo de un lado para otro, como hacían los hermanos Marx en sus películas, aunque aquí sin ninguna gracia. Pero Violeta fue a parar a la única consultora estadounidense (ojalá hubieran sido holandeses, vaya con el nombre) que sí, —no se puede negar—, entregaba a todos sus asociados un Jaguar XF, una tarjeta American Express Gold, y un pase VIP para el Real Madrid (de fútbol, se entiende, puesto que se requiere para el glamour); pero exigía de ellos al menos setenta y cinco horas de trabajo a la semana. Y con esa cifra, los otros números no cuadran, y hay que aprender a renunciar primero a los sábados, y luego a los domingos, y a los puentes, y a las vacaciones y así, al final, a todo.

Ahora bien, hay que decir una cosa en descargo de Violeta: la idea de las canicas rellenas se la dio su padre.

Eso es seguro.

Cuando su hermana pequeña Candela se casó, Violeta estaba tramitando un ERE complicado en Santiago de Compostela, con el acuerdo con los sindicatos a punto de caramelo, y no pudo acudir a la ceremonia (ni al banquete, claro). Su padre, al día siguiente, le mandó por mensajero, como un mimito para que no estuviera triste, el regalo que habían hecho a todos los invitados: una canica extra-grande, de las de 24 gramos, perfectamente pulida, transparente, con una micro-foto de los novios en su interior.

Esa, luego, sería la primera canica que Violeta guardó en el tarro de helado que se zampó ella sola, a cucharadas soperas, esa noche en el hotel de Santiago de Compostela, mientras lloraba mirando las caras sonrientes de su hermana y su cuñado en el interior de la canica.

Desde ese día, y con la colaboración de su padre, que le enviaba dos veces al mes micro-cápsulas para que ella las rellenara con lo que quisiera, y que luego él le devolvía insertadas en una canica, empezó a atesorar canicas rellenas de vida no vivida.
Y así fue dejando en su tarro de cristal canicas rellenas de las cosas más variopintas: una canica rellena de turrón blando de Jijona (por cuando dejó de ir a la cena de Nochebuena); otra canica rellena de huevos de insectos (por cuando su hermano Andrés defendió su tesina, en la que demostraba que todos los seres humanos acaban ingiriendo a lo largo de su vida unos cincuenta mil huevos de insectos depositados en alimentos y utensilios de cocina varios); otra canica con un mechoncito de pelo de la abuela Jacinta (tampoco pudo ir a su entierro); una canica rellena de arroz con azafrán en hilo (por cuando dejó de ir a comer los domingos, la paella), otra rellena de una astilla de marfil blanco (mamá dio el recital de piano en el Palau ¡entre semana! , imposible ir….), una extra grande rellena de arena de Formentera (por cuando a papá y mamá se les ocurrió celebrar las bodas de plata en la isla hippie); otra rellena de babas (por cuando a papá le mordió el hámster del vecino y pensaron que tenía la rabia)…

Esas canicas representaban bombas de oxigeno para la moral de Violeta que se conformaba con ver dentro de la bola de cristal un dientecito de leche, en vez de ver la boca mellada de su sobrina. Siempre pensó que en el futuro ya tendría tiempo de descansar, ya se resarciría. ¿No dicen que hay más días que longanizas?

Para cuando Violeta tenía su tarro casi lleno, ocurrió algo inesperado.

Todos asistimos a hechos que suponen un antes y un después en nuestra vida; un hito o quizás una sima.

Violeta cruzó esa línea un día a las seis de la mañana en la ducha, antes de ir a trabajar: su primera cana púbica.

Y como si aquel vello blanco, inesperado e incomprensible, la devolviera al planeta Tierra después de treinta años vertiginosos y, por contra, de hibernación, se miró al espejo y encontró a una desconocida.

Podía haberla arrancado, o tintado (como hacía con las canas de su cabeza), incluso podía haberla metido en una micro-cápsula para hacer una canica, pero aquel pequeño y rizado pelo blanco le gritaba una verdad incontestable.

Y llovía.

Y hacía frío.

Se puso unos leotardos que debió de haber comprado treinta años atrás, y el chubasquero que le mandó Candela, por su cumpleaños, no recordaba cuándo.

Lanzó la Blackberry al retrete, por si llamaban de la oficina, y además tiró de la cadena para certificar su defunción. Como necesitaba estar sola, cogió el teleférico que está vacío los días de lluvia (por las goteras) y se dejó subir con los ojos cerrados para no marearse.

En la parada de cortesía turística que hacía el teleférico, en el punto más alto, Violeta abrió los ojos y sacó una canica del tarro que llevaba pegado al cuerpo.

La miró, en el interior había una especie de líquido marrón. Lo identificó sin problema, como hace mamá cerda que distingue a cada uno de sus doce puerquitos a golpe de hocico, aunque todos sean iguales. Era la canica rellena de bombón inglés, “After Eight”, que le mandó papá cuando ella no pudo ir al estreno de “Aspects of Love”, en Londres. Lo recordó. Es decir, recordó que no lo podía recordar.

La miró.

Dentro del teleférico llovía.

Se metió la canica en la boca y empezó a chuparla como un caramelo. A un lado de la boca. Luego al otro.

Desde luego aquello no sabía a After Eight.

Para nada.

Y fue, en ese momento, cuando supo, a pesar de lo lista que era, cuánto se había equivocado.

jueves 13 de mayo de 2010

Risas




Los humanos vivimos en la inopia.

Tanto pensar y calentarnos la cabeza; y la crisis, ¡ay, la crisis!, que está en todas partes, hasta en el bocadillo de pan aceite y sal; y sus soluciones; y la I+D; y ya puestos, la revolución cultural; y los Rollings, que digo yo que alguna culpa tendrán; la Champions League y los mundiales; los escándalos y cotilleos; la bolsa y el IBEX, arriba y abajo, como el Dragon Khan; y los gritos, la gente gritando en la calle, en la tele, en el médico, en la gasolinera, en el súper… Siempre tenemos tanto lío que, cuando ocurre algo importante, y me refiero a algo gordo de verdad, no nos damos ni cuenta.

Y tiene que venir, pasado el tiempo, alguien al que, por cierto, lo primero que le decimos es que es un tarado, para preguntarnos algo así como “¿Cuándo fue la última vez que llovió?” y, a partir de ahí: el caos.

Nos costó ciento setenta y tres días de inopia, y una manifestación de agricultores de Calanda que veían como sus melocotoneros se secaban después de años de estoica sequía, el darnos cuenta de que no recordábamos cuándo fue el último día en que había llovido. Ni tan siquiera mucho; algo.

Y tanto nos costó que, si no llegamos a tirar de Internet, casi ni lo averiguamos. Fue el doce de febrero. Ese fue el último día que el cielo nos echó agua por encima, supongo que con la intención de que nos crecieran las neuronas; pero ni por esas.

Total que, ciento setenta y tres días después, todo el mundo se puso a hacer memoria.

Y se convirtió en un lugar común, ¿dónde estuviste el doce de febrero? o ¿dónde estuviste el último día que llovió? Todo el mundo intentaba recordar lo que había o no había hecho ese día, igual que antes nos había ocurrido con el ¿qué hacías el 11 de septiembre? o ¿dónde estabas el 23 de febrero? Igual, sólo que ahora nadie sabía lo que había estado haciendo ese día en que llovió por última vez.

Luego, después de mucho murmurar e intentar atar cabos, cuando el agua embotellada empezó a escasear y la planta embotelladora de Coca-Cola se quedaba sin materia prima para su concentrado de cola; nuestras cabecitas, ante el peligro, se pusieron a funcionar, y alguien dijo con tono de pregunta: “Ese día fue el que se inauguró el telescopio de la ermita ¿nooooo?”

Y hala, dos más dos, cuatro: el del telescopio, culpable de que ya no llueva.

Manolo, el del telescopio. Ver para creer.

Yo que a Manolo le tengo afecto, ahora, me arrepiento de haberle puesto el mote del astrónomo torero, porque a la gente le gusta culpabilizar y esstigmatizar a los diferentes y, en realidad, estoy seguro de que no ha tenido nada que ver con el cierre del grifo celestial, pero ve tú y convence a las hordas de ciudadanos que le señalan con su dedo índice, el acusador.

¡Si es un buenazo! Cuando se jubiló, hace tres años, y se volvió al pueblo después de haber estado trabajando en Houston, para la NASA; se empeñó en construir un telescopio tan grande que le permitiera, y aquí voy a reproducir de forma textual sus palabras, porque son muy románticas, “contemplar el origen de la humanidad antes de ver extinguida la propia existencia”.

Un romántico así, hace llorar al cielo, no lo seca. Estoy seguro.

Él siempre ha sostenido ( aunque yo creo que esta teoría suya se debe más al desgaste mental propio de la edad y al haber tenido que usar mucho el cerebro en etapas anteriores, que a evidencias objetivas) que la NASA no ha querido nunca construir el telescopio que permitiera ver “tan lejos” que se viera el origen del hombre, por no dejar de percibir fondos del Vaticano.

Esto es algo complicado ( las dos cosas: lo de ver lejos y contemplar el origen del hombre; y también la vinculación Vaticano-NASA), y yo mismo, a fecha de hoy, no lo entiendo apenas; pero él, que lo ha tenido siempre súper claro, no descansó hasta ver construido su telescopio, ahí, en lo alto del monte, junto a la ermita de San Roque. Y ya es casualidad que el día que se inauguró el chiringuito astronómico del pueblo fuera el doce de febrero…

La mierda de las casualidades.

Yo a Manolo, mi astrónomo torero, lo conocí porque fui a pedirle consejo.

Sabía, por el runrún de la gente, que había trabajado en la NASA, por lo que me pareció la persona ideal para que me ayudara en un proyecto que tenía a medio cocinar.

Además, parecía asequible a la gente normal (si es que yo puedo ser considerado como tal), porque el hecho de que siempre llevara puesta, incluso para ir a los entierros, una montera de torero, le hacía bajar del Olimpo de los dioses-científicos y aproximarse al estadio de locura más extendido por este infierno.

Yo llevaba un tiempo recogiendo llantas de coches, creo que son más bien tapa-cubos, pero no estoy seguro de cómo llamarlos, de esos que se les salen de las ruedas yendo en marcha por la autopista o carretera y que se quedan tiradas en las cunetas. Los recogía para construir una nave espacial. Mi primera nave espacial. Pensé que él me podría ayudar, así fue.

Tras sonreírme (fíjate tú que ahora me acuerdo requetebién de esa sonrisa) con cara de ancianito venerable y beberse el clarete al que le invité en nuestra cita, me indicó, de forma detallada y con unos dibujos que garabateó sin dificultad en unas servilletas del bar, la forma aerodinámica y el “nosequé” (que también acababa en “ámica” o “abática), que debería tener mi nave espacial construida con tan peculiares “ladrillos”, los tapa-cubos.

Siguiendo sus garabatos y añadiendo un poco de pintura plateada con acabado granallado, y unos rabos de alcachofa seca, lo construí y, además, gané el primer premio a la creación artística con elementos reciclados; y fui aclamado, internacionalmente, como un extraordinario artista revelación; y me fui con gran éxito a la capital; y patatín y patatán, porque nunca me cansaría de hablar bien de mi mismo, aunque ahora no proceda, lo sé.

Nunca aspiré a que la nave espacial volara, no sé si ya lo había dicho, pero creo que es importante dejarlo claro; sobre todo para que se crea en mi discurso y no se me tache de enajenado mental.

El tema es que, cuando me enteré, por la tele, de que querían procesar a Manolo por un presunto delito contra el medio ambiente, me pareció oportuno volver al pueblo y darle, aunque fuera, mi apoyo moral.

Llegué el día anterior al inicio del juicio, y fui a visitarle a su telescopio.

Ya me extrañó encontrarlo sentado en una tumbona, bajo el sombrajo de una buganvilla antigua y no trajinando con las lentes del telescopio. Más me sorprendió, encontrarle con unas gafas tipo Mortadelo puestas, y , desde luego, con la montera bien colocada.

—¿Has perdido vista?—, fue lo primero que le pregunté, torpe de mí, sin un hola, ¿cómo estás?, o un apretón de manos, previo.

—¡No, qué va! —, me contestó, también él, como si no hubiera pasado meses desde la última vez que nos vimos. —He ganado vista, y mucha. Mira—, y al decírmelo me tendió las gafas que llevaba puestas, obviamente, para que me las colocara.

—¿Qué ves? —, me preguntó.

—Moscas—, le contesté con sinceridad, quitándome de inmediato semejante armatoste.

Me explicó, esta vez muy serio pero, como siempre, con gráficos y números, que, a raíz de la desaparición de las lluvias, había tenido una idea.

Se le había ocurrido que, igual que con las lentes de su telescopio intentaba ver tan lejos como para contemplar nuestro origen, quizás también, invirtiendo las lentes, estas funcionaran al revés y se pudiera ver lejos, pero hacia el futuro.

Más que nada por ver si iba a llover pronto o no y se ahorraba el disgusto del juicio; de ahí las gafotas de tres kilos.

—¿Y en el futuro hay moscas? —, pregunté.

—Sí, por lo que se ve, a montones.

—¿Pero están ahí porque va a llover? ¿Son moscas, de esas bobas, porque va a haber tormenta?—, le pregunté con un punto de emoción en la voz.

—Ni idea —, me contestó quitándose él también las gafas. — Lo que está claro del futuro es que habrá muchas moscas, seguro. Y otra cosa, ¿sabes que es lo que más me ha extrañado del futuro?, ver a la gente tan seria. Y el caso es que yo no lo recuerdo, pero ¿cuándo fue la última vez que viste reír a alguien? Pero de verdad, a carcajadas. Como para mearse. ¿Cuándo fue la última vez?

Y lo dicho, viene alguien al que llamas tonto, te hace una pregunta difícil y, a partir de ahí: el caos.

viernes 16 de abril de 2010

Tequila



Dicen que las grandes batallas muchas veces empiezan por un diminuto detalle.

Mi abuela, por ejemplo, contaba que la guerra de Cuba empezó porque “no-se-quién” se encontró una mañana un botón de nácar en el café.

Quizás el odio entre Capuletos y Montescos se debiera a una mancha de fresa en una camisa de lino.

Puede ser que las vecinas del sexto se tiraran de los pelos porque el repartidor de butano estornudó en el segundo piso.

Todo puede ser y yo, por mi experiencia, creo que es verdad. Yo misma mantengo una dura batalla, desde hace nueve años. Nueve años, un mes y siete días.

También empezó por casualidad, por una tontería, cuando me tomé, con un amigo de Sevilla, un golpeadito de tequila, antes de una primera cita. Esa noche ya no pude parar de beber tequila.

No recordaré su nombre (menudo topicazo, lo sé) pero lo que sí recuerdo, a la perfección, es el sabor del tequila, mezclado con la tónica y el limón, dentro de mi boca. La sal.

Y el polvo que echamos.

Increíble.

A la mañana siguiente (más que inspirada, iluminada), inicié mi personal registro de mis mejores polvos y, aunque a ese le otorgué, en un pronto, el número uno de la tabla, hoy en día, ha quedado desplazado y ostenta un meritorio puesto noventa y dos en el ranking que mantengo, más o menos, actualizado.

Bueno, no me quiero desviar del problema.

Mi guerra no va de sexo.

Va de alcohol y sexo.

Desde entonces, no me puedo acostar con nadie si no bebo antes.

Y ojo, que no es un problema de repulsión sexual, tal como intentó “colocarme” el último terapeuta al que acudí.

¿Qué puede saber un tipo con suéter de cuello redondo amarillo pollito?

Se empecinó con que el alcohol me servía de anestésico para la aversión física que me producía el sexo. Eso, a noventa euros la hora.

Gilipollas.

Así que, trescientos sesenta euros después, decidí no volver a la sesión que tenía concertada para el jueves siguiente.

A mí lo que me pasa no es eso, y mira que intenté explicárselo. Y oye: que nones.

Yo no bebo para no sentir (repulsión), bebo porque dentro de mi rito sexual el alcohol es tan importante como para el común de los mortales es segregar feromonas o testosterona.

Yo veo a un tío que me gusta y, automáticamente, me viene un sabor de bebida (espirituosa, se entiende) a la boca.

Puede ser ginebra, licor de coco, o pacharán, Martini, caipiriña, o sake. Puede ser cualquiera. Cada uno me da ganas de beber algo diferente y no adivino a conocer el motivo. No es que los morenos requieran mayor alcohol que los rubios, o los de ojos verdes bebidas amargas. ¡Qué va!

Como digo, no sé cual es la conexión.

Es la imagen del hombre concreto la que genera en mí lo que yo he dado en llamar mis “feromonas alcohólicas” , y me provoca una necesidad física de trasegar la bebida concreta que mi cuerpo asocia a ese hombre.

Desde aquel día, todo ha sido muy complicado.

Al principio, yo no estaba familiarizada con las diferentes bebidas alcohólicas que se comercializan, y me costaba un montón dar con la bebida correcta para la cita. Si no la encontraba la cita era un fiasco, pero si la conseguía identificar…

Estaba tan desesperada por acertar que acabé yendo a una gran superficie y me gasté la beca de posgrado que me había reconocido el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología, ¡la de todo un mes!, en comprar una botella de cada variedad que hubiera en los expositores. Metros y metros de expositores. Dos carros llenos.

Así, cuando tenía una cita, si el trago que necesitaba echar era de una bebida que no sabía reconocer, bebía en un dedal (¡Jesús!, en uno de verdad, de costura, que me regaló mi abuela para hacer punto de cruz) un poco de cada botella, hasta dar con el sabor adecuado.

Un montón de veces llegué borracha como una cuba porque el sabor se me resistió más allá de la novena prueba.

Luego, cuando adquirí destreza a la hora de identificar la bebida que necesitaba, tampoco la cosa fue fácil. Muchas veces me encontré en situaciones absurdas en las que quedaba para tomar algo con mi ligue, antes de ir a bailar, y tenía que beber, por ejemplo, Cointreau, durante toda la cena, en una asador de carne de buey.

Si yo hubiera sido el tío, ante una loca como yo, creo que habría salido huyendo, por piernas; pero una cosa que me ha demostrado el día a día es que los tíos en muy pocas ocasiones dejan plantada a una tía salida.

De verdad.

Bueno, el caso es que llevaba luchando contra este problema bastante tiempo y me sentía vencida porque pensaba que lo había probado todo con tal de no beber para tener una relación: llegué a ponerme perejil dentro de la nariz; tomé relajantes musculares; llevé una estampita plastificada de la Madre de los Desamparados en la cartera; fui al terapeuta cursi del suéter amarillo pollito… cuando decidí cambiar de compañía de telefonía móvil en el trabajo y concerté visita con un comercial.

¿Que qué tiene que ver?

Mucho.

Muchísimo.

Nada más verle entrar en mi despacho, un sorprendente (dejadme que me explaye aquí), un hermoso, fresco e inesperado sabor a agua me inundó la garganta.

Después de años de melopea emocional tuve tal sensación de paz, que pensé que era el hombre de mi vida.

Quedé con él en varias ocasiones, con la excusa de no saber qué tarifa telefónica elegir. Un día, acabamos cenando en un Mc Donalds que hay al lado del trabajo. Él se pidió una cerveza y un Mc Pollo. Yo una ensalada Cesar y ¡una botellita de agua! Aquella noche, fui tan feliz que, no sólo contraté la tarifa telefónica que me recomendó: “Sé feliz y no pagues ni a la de mil” (así la llamó); sino que también me fui a la cama con él, por primera vez. Sin beber.

Aquello era gloria. Mi chico era un tío bueno que sólo me daba sed de agua y un estado de felicidad absoluta. Y además era un sabio: la tarifa que me había recomendado consiguió rebajarme la factura del móvil casi un 98%, pues ahora solo pagaba teléfono cuando me enfadaba o disgustaba (vamos, cuando hablaba con mi madre) ya que por mi tarifa, la compañía de teléfonos grababa siempre mis conversaciones y, si el trasfondo de la conversación era feliz, me salía gratis.

En más de una ocasión me imaginé al empleado de la compañía telefónica escuchando nuestras charlas de amor, sonriente, apretando sin dudarlo el botón rojo de “conversación feliz”. Gratis total.

Pero nada es eterno y, al cabo de seis meses y trece días, yo creo que por un problema de celos de su jefa, lo trasladaron a Bucarest, y el asunto se empezó a enfriar.

Además, claro, como todo el contacto que teníamos era telefónico y, cada vez nos peleábamos más, la factura del teléfono me empezó a subir como le sube el colesterol a papá en Navidad. A lo bestia.

Conversaciones felices teníamos pocas, la verdad (y el empleado de la compañía debía apretar con mucha frecuencia el botón verde de “conversación infeliz”. A pagar)

El día que me llegó una factura de mil tres euros con cincuenta y seis céntimos puse, muy a mi pesar, punto final a esta relación y decidí cambiar de tarifa telefónica, claro.

Deprimida como estaba, al tercer día (fíjate si soy boba que pensé que los milagros pasaban al tercer día), me visitó un comercial de otra compañía que me recomendó la tarifa “A”.

Mientras me explicaba las ventajas indudables que presentaba esta promoción por la que, de nuevo, la compañía de telefonía móvil grabaría mis conversaciones y al final de cada una de ellas, me mandaría, con coste compartido, un SMS en el que me informaría del coste de cada llamada (las consonantes de mis palabras no pagarían nada, las vocales todas pagarían tres céntimos, excepto las “aes” que pudiera decir que me producirían una bonificación en la facturación de siete céntimos por cada grupo de cuatro, y los picos a un céntimo); yo que no entendía ni papa, le miraba y saboreaba ese inconfundible sabor, a nada, que tiene el agua.

Además él parecía tan simpático…

Total, que acabé contratando la tarifa “A” y de paso, saliendo con mi nuevo comercial durante una temporada.

Llegué a pensar que el antídoto de mi problema alcohólico-sexual era la telefónica móvil en todas sus variedades: sus comerciales, las tarifas telefónicas, facturas detalladas…

Pero la cosa nos fue regular.

La factura de teléfono, ininteligible para mi secretaria, siempre resultaba muy elevada y el chico me funcionaba, pero no lo suficientemente bien como para que olvidara el coste en facturas de móvil que tenía que soportar mensualmente y que me descontaban de nómina.

Decidí cortar por lo sano. El detonante: un SMS informándome del coste de mi última conversación, de dos minutos y siete segundos, en que se ve que sólo utilicé vocales y ninguna de ellas era una “A”: veintisiete euros de vellón.

Le llamé, le insulté y, con catorce euros más, zanjé la relación.

Estaba a punto de tirar mi móvil por el retrete y volver a la bebida, cuando por mediación de mi secretaria, Rosita, vino a visitarme un comercial de otra compañía de telefonía móvil, que me ofrecía , con una tarifa tradicional, de esas de quince céntimos el establecimientos de llamada y trece céntimos el minuto, el servicio Blackberry “Bodega”.

El tipo (que no me ponía en absoluto, ni me inspiraba ningún sabor), a la vez que me ayudaba a descartar mi fugaz idea del antídoto-telefónico, me explicó el producto que ofrecía su compañía y, la verdad, me pareció muy acertado para personas como yo. Por cada cien euros de consumo en factura de móvil, se comprometían a enviarme una botella, de la bebida que yo eligiera de entre una extensa carta, con más de trescientas marcas de bebida internacional, que tenían colgada en su Web, y además, con un compromiso de entrega en menos de 24 horas.

Esa tarde, meditando en la oficina sobre la nueva oferta de tarifa telefónica, fue cuando pensé que las grandes batallas en muchas ocasiones empiezan por un diminuto detalle. Mira tú por dónde: por un chupito de tequila y un polvo sin nombre… Fue entonces cuando entendí que, a veces, los guerreros sólo encontramos la paz si nos dejan vivir nuestras batallas.

Así fue como, voluntariamente, decidí volver a mi vida anterior: polvos con alcohol en vena y a la factura tradicional de móvil.

Y por supuesto, a mi terapeuta con suéter de cuello redondo amarillo pollito. Sólo que ahora, cuando tengo visita con él, siempre llevo los noventa euros que me cobra por sesión y una botella de Chardonnay, bien frío.