lunes, 24 de marzo de 2014

El corsé de lo preciso

El corsé de lo preciso




A ver cómo explico algo, relacionado con el lenguaje, que me ronda la cabeza últimamente.

Como punto de partida me gustaría hacer una manifestación de parte: yo adoro el lenguaje. No porque sea el medio de comunicación de los seres humanos (como si fuera poco, lo sé); sino más bien porque tiene mucho que ver con la capacidad humana que permite conformar el pensamiento.

Comunicación y pensamiento están íntimamente relacionados con el lenguaje.

En mi caso, desde que la señorita Filo me enseñó a leer y escribir aquello de mamá y papá mostrándome unas láminas de colores brillantes, con dibujos de una señora con tirabuzones rubios y lazo rosa (mamá) y un señor con bigote (papá), llevo toda la vida (y ya empieza a tener consistencia esa expresión) disfrutando/admirando/estudiando el lenguaje.

Lo dicho: adoro el lenguaje, la comunicación y el pensamiento.

He intentado educar a mis hijos en ese sentimiento —cada cosa tiene su nombre—, reprochándoles el uso indiscriminado que realizan precisamente de la palabra “cosa”. A modo de inciso he de decir que la palabra “cosa” debe ser una de las más utilizadas en el mundo y a la vez una de las más huecas (claro que el binomio popular/hueco parece ser un ganador en muchas de sus manifestaciones, ahora que lo pienso…) y lo cierto es que esa palabra, en sus bocas, casi parece un arma de destrucción lingüística. Un ejemplo de anoche mismo, mi hija entró en la cocina, con aspecto de haber visto un zombi, gritando: “Mamá dame algo para matar una cosa”. Por favor, aunque sólo sea por evitar subidas de tensión innecesarias, ¿tanto cuesta decir: “Mamá dame una escoba para matar una araña”? Le expliqué, de nuevo, que al no manejar la información adecuada bien podría haber pensado que requería un subfusil para matar a un alien... Me he cansado de explicárselo: el lenguaje preciso transmite la información precisa.

Y ahora, tras años buscando la precisión en la palabra, tengo dudas.

Bien podría echarle la culpa a la crisis financiera total que sufrimos, (que ya se la echaré a lo largo de este artículo, seguro, porque tengo una tendencia incontrolable a culpabilizarla por casi todo), pero siendo honesta quizás tenga que buscar las causas en mí misma y, un poco, en estar hasta el “pirri” de todo y necesitar soltar lastres innecesarios (quizás por la crisis, lo que no sé es si la financiera o la de los cuarenta).

Soy consciente, desde luego, de que el lenguaje es un don humano pero también he de reconocer que es muy peligroso.

En las distancias cortas, las personas más peligrosas que conozco son las que poseen el don de la palabra. Y es que el lenguaje puede ser un arma muy sofisticada en algunas bocas/plumas. El lenguaje puede ser sexista (todos conocemos lo diferente que resulta ser un coñazo o cojonudo); el lenguaje puede ser clasista (determinadas jergas profesionales pensadas casi para excluir al ajeno); el lenguaje puede ser manipulador (a ver que alguien me explique por qué si yo no digo la verdad miento, y los políticos cuando no dicen la verdad, no ahondaré en la frecuencia de tal acción, simplemente podrían haber faltado a la verdad…); el lenguaje crea el concepto de realidades que desconocemos (nos explican lo que es un escrache y lo hemos de asumir tal cual, como concepto...) y que quizás no nos cuestionemos...

Creo que hemos llegado a un punto que en lugar de pedir como hacia J. Ramón Jiménez “inteligencia, dame el nombre exacto de las cosas” debemos pedir inteligencia para ver a las cosas con exactitud (¡uf!, me recorre un escalofrío cuando utilizo esa palabra), con independencia del nombre que les pongan.

Es obvio, nombrar lo desconocido nos da seguridad como grupo y nos permite comunicarnos al respecto. Nombrar, identificar, asumir, asociar, normalizar; es una cadena. Así, corre que te corre, hemos incluido en los últimos tiempos, entre nuestras palabras, conceptos, movimientos, elementos que antes no conocíamos, tales como: Escrache, dron, hipster, Bitcoin, tuit, bloguero, friki… Es como si les pusiéramos nombre y nos quedáramos tranquilos al incluirlas en nuestra normalidad lingüística/vital.

Es sabido que lo desconocido nos llena de temores; nos da miedo.

Y eso es precisamente lo que me preocupa. Que con tanto afán por nombrar nos estemos encargando de normalizarlo todo todito todo, y nos estemos cargando la presencia esencial en nuestra evolución de lo original, de lo heterodoxo.

Detesto la expresión que afirma que “lo que no tiene nombre no existe”, algo así como lo que afirmaba Wittgenstein “Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo”.

¿Si se nos acaban las palabras para nombrar o definir algo significa que eso no existe? Menuda sociedad limitada y pobre tendríamos si ello fuera así.

Para mí, es más que evidente que el lenguaje siempre debería ir a la zaga de nuestra capacidad creativa, incluso de nuestra capacidad evolutiva. Primero creamos, cambiamos nuestros comportamientos, la forma de relacionarnos, descubrimos, transformamos, exploramos y luego ya le buscamos nombre a lo novedoso.

Por favor, no ignoremos que ello es así, que lo que no tiene nombre sí que existe, y que incluso lo que ya tiene nombre puede necesitar apellidos para ser reconocido en su esencia.

Lo decía Borges en su libro “Otras Inquisiciones”; en él explicaba que para que un problema sea realmente grande conviene ponerle un apellido. Yo lo extiendo más allá del mundo de los problemas; para que algo sea realmente grande debemos ponerle apellidos, porque significará que se sale de lo común, que es único.

En estos tiempos de crisis (prometí que saldría y salió), de mediocridad, de penurias y preocupaciones; no olvidemos que el ser humano es un superviviente donde los haya (como especie no somos nada del otro mundo, y sin embargo no nos ha ido mal, en la pirámide alimenticia por lo menos), debemos ser creativos ahora más que nunca (recuerden las palabras de Einstein: “Es en la crisis donde nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias”) y romper con lo que nos ahoga, con los corsés inútiles.

Ahora que gran parte de nuestro mundo conocido está en crisis y es gris, demostremos que somos capaces de crear nuevas formas de relacionarnos y convivir, poner en marcha innovadores negocios, practicar actividades nunca imaginadas...

Por favor, que sus vidas requieran muchos, muchos, muchos, apellidos; será sinónimo de que han sido plenas, ricas, y llenas de múltiples experiencias; no tengan miedo a lo desconocido, sean siempre creativos, cuestiónenselo todo y, si es posible, dejen a todos sin palabras, mudos.

Abran caminos.

Yo, que adoro el lenguaje, me descubriré ante ustedes cuando sienta que me falta.







miércoles, 22 de enero de 2014

Por pedir...





Conforme pasa la vida los adultos dejamos de creer en la magia; en esa magia bonita que se supone concede deseos a las buenas personas.


Sin embargo, yo creo que todos llevamos escondido, aunque sea muy muy muuuy al fondo de nuestro corazón, ese niño que escribía cartas en Navidad, que soñaba con encontrar una lámpara mágica, volar en una alfombra o incluso tener un lápiz que dibujara figuras que luego se convirtieran en realidad... y nos permitimos el lujo de creer en la magia al menos dos veces al año.

Yo lo hago (creo que todos lo hacemos), en el día de mi cumpleaños y, por supuesto, a final de año.

El día que cumples años sólo se te permite pedir un deseo, uno que no puedes contar a nadie si quieres que se convierta en realidad, y requiere apagar las velas correspondientes a tu edad de un único soplido. “Pide un deseo, pide un deseo”, te suelen corear todos, creo que con un puntito de envidia, cuando estás delante de tu tarta preparado para dar el soplido que culmina el hechizo.

A final de año es distinto. Se nos permite pedir deseos ilimitados para el año siguiente. Tampoco hay un protocolo estricto que seguir para conseguirlos: unos dicen que hay que introducir algo de oro en la copa con la que se brinda al comienzo del nuevo año; otros que hay que vestir algo de color rojo... Lo único en lo que coincide la gran mayoría es en la necesidad de tomar doce uvas mientras se produce el cambio de año.

Supongo que todos estos rituales se corresponden a una necesaria puesta en escena que cualquier mago/hada lleva a cabo en los cuentos de niños... Las varitas y polvos mágicos ahora, en nuestra avanzada sociedad, los sustituimos por velas y uvas, pero la finalidad es la misma: esperamos que la magia se produzca.

Ando estos días (considere el lector que este artículo yo lo escribo al menos quince días antes de su publicación) un poco revuelta meditando sobre lo que ha sido 2013 y lo que me gustaría pedir para 2014. El año que dejamos atrás ha sido tan duro que resultaría facilísimo pedir cualquier cosa a 2014 (con tal de que no me caiga una maceta a la cabeza cuando salga de casa casi me doy por satisfecha...); pero una conversación que mantuve con mi hija ¡de doce años! ayer a la hora de comer me descolocó aún más.

Estaba dándole vueltas a la sopa y al asunto, así que le pregunté “¿Tú que vas a pedir al año nuevo?” y, ni corta ni perezosa, en un microsegundo que no le dio tiempo a meditación alguna, me contestó: “Unas Uggs” (que traducido al idioma adulto es igual a unas botas híper caras y un tanto feas que alucinan a las adolescentes). Sorprendida porque Papa Noel ya le había dejado un par de semejantes botas, me vi en la obligación de recordárselo, a lo que me contestó: “Sí, sí, tengo unas marrones; para 2014 quiero unas grises.”

Desolada ante la petición, me lo debió notar en la cara, ante lo que me ofreció una explicación de lo más esclarecedora: “Mira mamá, los adultos pedís paz, amor, salud, que acabe el hambre en el mundo... Parecéis las modelos que se presentan a los concursos de Miss Universo y que cuando les preguntan cuál es su deseo dicen: la paz en el mundo... Los niños pedimos cosas concretas, reales, que se pueden conseguir; vosotros pedís cosas para quedar bien...”

El caso es que creo que la niña tiene más razón que un santo.

Mi deseo favorito ha sido siempre pedir salud para los míos, y la vida me ha demostrado que los míos tendrán salud hasta que enfermen. Ni magia ni leches. Pura realidad.

Por mucho que lo desee, que lo pida, que sople velas y me ponga un lazo rojo en Nochevieja, no conseguiré que acabe el hambre en el mundo, ni paz, ni amor. Así que puestos a pedir cosas concretas para 2014, y que sean posibles de conseguir, la cosa se pone difícil....

Descartando los genéricos (paz, amor, salud), los imposibles (que me toque la lotería, que termine la crisis, que nadie pase hambre ni necesidad) y los improbables (que deje de fumar, que pueda terminar el libro que empecé hace tres años, que pueda tener treinta días de vacaciones...) la verdad es que los deseos que quedan para pedir podrían parecer de lo más deprimentes y egoístas...

Tras mucho pensarlo, y me gustaría que todo el mundo lo meditara, en su caso particular, también; finalmente he encontrado mi deseo perfecto para 2014. Es un deseo que para que se cumpla requiere mi esfuerzo, mi compromiso, creo que incluso mi cabezonería. Es un deseo alcanzable. Es un deseo bonito.

Me gustaría que todos hicieran lo mismo, lo pensaran y encontraran ese deseo perfecto para 2014. Algo que no fuera ni genérico, ni imposible. Quizás así le pusiéramos más empeño a la rutina; si todos lucháramos por conseguir esos deseos alcanzables, la vida y el mundo serían, sin ningún género de dudas, algo mejores.

Yo doy el primer paso y confieso mi deseo, ese por el que voy a pelear todo el año que viene.

Mi deseo para 2014 es conseguir mantener en mí la ilusión viva.

Un rasgo de mi personalidad ha sido siempre mostrar una incombustible ilusión por todo, por las personas, por la vida. Es cierto que cumplo años y la vida te va dando una “somanta de palos” (como diría mi madre) que te va dejando la ilusión del tamaño de una lenteja, seca. No quiero dejarme vencer por lo más triste de la realidad, quiero luchar por saber encontrar cada día algo que me ilusione y que me haga sonreír. Incluso en los peores momentos. Y contagiar con mi ilusión a la gente que me rodea.

Puedo asegurar que, con los tiempos que corren, siendo adulto y en un mundo de problemas de adultos, conseguirlo será eso: magia.

Pidan deseos y luchen por conseguirlos.



jueves, 2 de enero de 2014

Xq no?




No estoy segura de que todo el mundo me pudiera decir con precisión cuántas faltas de ortografía detecta en el título de este artículo; sin embargo, casi todos lo habrán entendido y muchos se habrán revuelto en la silla murmurando maldiciones ortográficas.


Lo sé. Existe un clamor popular que condena el lenguaje que los chavales utilizan en sus mensajes de móvil (SMS, Whatsapp, Messenger, Twitter, Facebook…), pero yo quiero romper una lanza en su favor. Y no por eso tan mío que me lleva a defender las causas perdidas. ¡Qué va! Lo hago porque el tema me parece encantador: se trata de una nueva generación buscando su espacio.

Todo esto empezó con una verdad a medias que se acabó convirtiendo en mentira (una de las pocas mentiras que conozco que me hace gracia e incluso aplaudo).

Nuestros jovenzuelos, siempre tan ahorradores ellos («mamá, cómprame una Coca-Cola», «mamá, cómprame un suéter de Hollister», «mamá, necesito una mochila East Pack», «oye, que necesito un coche para ir a la facultad», «mamá, que sale el iPhone 6 este verano…»), primero modificaron sus costumbres comunicativas, minimizando las llamadas móviles, y tomaron al asalto el mundo de los SMS, en principio más baratos. Pero es más, una vez aterrizados en el mundo de los mensajes de texto, estos jovencitos tan nuestros, a los que lo único que les racionamos, por lo que se ve, es el saldo del móvil o la factura de teléfono, se pusieron aún más creativos, pues las compañías de teléfono, si escribían un SMS con muchos caracteres, les cobraban dos (o más) mensajes.

Y así nació la versión oficial: «Mamá, escribo acortando palabras para ahorrar, que si no nos cobran más».

Y me gusta esta excusa inicial de nuestros adolescentes, a los que con frecuencia sentimos egoístas y despegados. Primero porque me conmueve que intentaran justificar con una base lógica (económica) el estropicio lingüístico de sus mensajes (es creativo, e incluso denota cierta picardía pues echaron mano de una de las pocas cosas que podía poner a sus padres de su parte: el ahorro). Segundo porque esa adoración por sus móviles y el saldo que tienen para gastar en ellos implica que son capaces de sentir un profundo amor por algo, además de a sí mismos. Verlo así es muy tierno.

Pero vamos, ternuras aparte, una tiene sentido común y eso es una trola como la copa de un pino.

Porque está claro que si mi hijo hubiera querido mandar un SMS de amor, el mismo precio iba a tener escribir «Te echo de menos, te quiero mucho. Un beso» que el famoso «t exo de – tqm bs». Otra cosa sería que se pusiera como Lord Byron y mandara un «En estos momentos de soledad y paz espiritual, tu recuerdo me ha llenado y me ha recordado lo necesaria que eres en mi vida y para mi felicidad. Mis sentimientos, que ya conoces, son fuertes y no cambian. Te quiero. No imagino pasar unas horas más sin ti. Recibe en prueba del mismo este beso sagrado que te envío». ¡Madre mía! Si mi hijo escribiese semejante mensaje, desde luego que la compañía telefónica le iba a cobrar el doble o triple, pero además yo me plantearía darle una colleja o buscar ayuda profesional para el chaval… Vamos, que no, que no nos engañen: ellos escriben como jóvenes y sus mensajes, bien o mal escritos, caben en un único SMS. Es más, la excusa del ahorro aún servía hasta hace un par de años, pero ahora ni de refilón, porque tanto Whatsapp como Messenger, o similares, son ¡gratuitos!

Así que, sin ningún género de dudas, no es una cuestión de ahorrar coste, es una cuestión de rebeldía y de marcar diferencia de casta. Me encanta.

Ellos han nacido en la era de la información, conocimiento y comunicación veloz y se mueven por ella con la misma facilidad que los surfistas montan las olas. Se sienten superiores a nosotros (los adultos) en ese aspecto, y le ponen un punto de desafío al asunto. Esa es la historia de cualquier generación: necesita su propio espacio para crecer y en ocasiones es necesario que renieguen de las normas de sus mayores (aún recuerdo a mi abuelo Juan, al que le encantaba la música clásica, con la cara desencajada, viéndome bailar a los Rolling…).

Mal que nos pese, ellos, que escriben como lo haría un mapache con Blackberry, nos han dado a todos un baño en cuanto a capacidad de comunicación. Se pasan el día chateando con sus amigos, socializando, a veces metiéndose caña, otras apoyándose, soplándose preguntas de exámenes o comentando una clase, diciéndose palabras de amor o cagándose en la leche, pero todo a una velocidad de vértigo.

Existe un estudio de la Universidad de Stanford (y los que al principio de este artículo se revolvían blasfemando, saben de su prestigio), que reconoce que estamos viviendo una explosión de la producción cultural y escrita sin comparación alguna desde la época de los griegos. Los niños actualmente escriben mucho más (los padres sabemos que pasan horas escribiendo en sus móviles) y consideran la escritura como una de sus formas fundamentales de relación social. Además escriben todos, sin importar su grado de cualificación académica o su maestría en el asunto; simplemente se comunican.

Y no quiero que a nadie le de un lerele al pensar que abogo en favor de ir escribiendo por la vida las palabras como a una le apetece en el momento. Como leí hace días: «La ortografía no es un juicio relativo, es una ley absoluta», y además tiene un firme guardián: la Real Academia de la Lengua.

Pero intentar comparar el lenguaje de los móviles con la lengua que conocemos como española y su ortografía, es como intentar comparar el Cola-Cao con el Nesquik. Sirven casi para lo mismo, pero son diferentes.

Ahora bien, nosotros como generación «en sustitución» tenemos también un papel importante: enseñémosles a discernir cuándo se puede utilizar un registro y cuándo otro.

Para mí, el lenguaje de los móviles no es español. Es una lengua diferente que, vencida por la urgencia de la comunicación, provoca un reduccionismo lingüístico.



Ahora bien, el que quiera escribir en español, lengua oficial, perfectamente pautada y reglada, que antes o después todos deberán utilizar, lo debe hacer con la mayor corrección posible. Incluso hay personas a las que, por formación académica, se les debería exigir la perfección.

Eso es lo que hay que conseguir: formarles en la lengua española y su ortografía, y por supuesto, enseñarles a tener criterio (con el sentido común bastaría, pero ya se sabe que es el menos común de los sentidos) acerca de cuándo pueden utilizar su arapahoe comunicativo (que, fíjate tú qué curioso, no hay que enseñarles porque lo llevan en su ADN, como de serie) y cuándo no.

Mientras luchamos por que cada lengua ocupe el espacio que le corresponde, no me extrañaría nada que la Real Academia de la Lengua nos sorprendiera con un quiebro, de esos tan suyos, y aceptara determinadas expresiones lingüísticas de nuestros hijos. Ya leí hace unos años unas declaraciones de Víctor García de la Concha en que recordaba a propios y extraños, al respecto de este tema, «que la lengua es del pueblo y callejera». Difícil tarea tienen por delante.

Por último, una apreciación personal: ni el mejor poema de Benedetti suena tan bello, como cuando te llega un mensaje, en ese momento crítico del día en que parece que la vorágine de todos los problemas del mundo te arrastra, y lees un sencillo y tierno «tq». Significa, ni más ni menos, que una persona ha tenido un segundo para pensar en ti, en ese día complicado que seguro también tiene, y además te lo ha dicho en un microsegundo que le ha robado a su tiempo. Eso es un acto de amor, y sólo posible en el mundo de los móviles.

Así que… ¿Por qué no?















jueves, 5 de diciembre de 2013

Todos tenemos secretos



Todos tenemos secretos. Secretos que guardar.

Esto nadie te lo explica, ni en la escuela ni en una charla familiar de esas que se tiene un domingo en la sobremesa cuando sirven el café, pero a poco que lo pienses descubres que los secretos son como los amigos: unos los conservas desde la niñez, otros te asaltan cuando menos lo esperas, en el trabajo, en la cola del súper, en la tintorería…; los hay absorbentes, los hay esporádicos… algunos nacen de un momento bonito, otros aparecen de lo más oscuro. Hay quien tiene muchos, hay quien tiene unos pocos, bien o mal cuidados, pero en suma: Todos tenemos secretos.

La niña del bloque 7 creció con un secreto, pero no con uno de niño como cuando pierdes el cinturón del uniforme y no se lo dices a mamá, era un secreto diferente. A aquella niña que llevaba a todas partes su estuche de ceras de color y odiaba por igual su pelo rizado y los zapatos de charol, la prohibición de volar la dejó paralizada ante el televisor el día que se hizo pública.

Hay momentos que no se olvidan: estaba aprendiendo a dibujar caracoles (“son como las espirales que utilizan los hipnotizadores de la feria”, le había dicho la maestra el día anterior), y en la hoja de papel donde practicaba ya había dibujado uno rosa, uno amarillo y otro rojo con antenas azules, cuando interrumpieron la emisión infantil para dar un avance informativo urgente.

“Por razones de seguridad desde las doce del mediodía de hoy queda prohibido volar. Con un acuerdo unánime de todos los grupos políticos se ha elaborado un informe que incorpora 3437 razones que obligan a adoptar tal decisión. El listado, al que se ha llamado “Libro Blanco de la Seguridad” será distribuido entre todos los ciudadanos para su debido conocimiento…….”

La presentadora continuó durante veintidós minutos más dando detalles de la noticia, pero a la niña sólo le interesaron tres palabras y cuatro números: “Queda prohibido volar” y 3437.

Así nació su secreto.

Al día siguiente del comunicado oficial, en el buzón de todos los vecinos apareció perfectamente encuadernado el dichoso Libro Blanco de la Seguridad. Su abuela lo dejó encima de la mesa de la cocina, sin prestarle ninguna atención; los adultos siempre parecían preocupados por mil cosas menores que la niña no acababa de comprender.

¿Lo puedo leer?

Si quieres perder el tiempo con eso… A mí me importa un pito, yo desde luego no pienso echar a volar y lo que sí tengo que hacer es poner a remojo los garbanzos, que luego vendrán todos a comer con prisas…

¿Por qué lo llaman Libro Blanco si tiene las tapas negras?

Cosas de mayores. Es como el que hace un potaje y no le echa canela a los garbanzos, cuestión de detalles… Detalles, detalles, es como coser con hilo blanco un botón en un pantalón azul. Detalles.

Negro por fuera, blanco por dentro ¿Qué es?

¿El libro ese?

¡Nooooooo! ¡¡¡¡Una croqueta de bacalao con costra de tinta de calamar!!!!

La niña salió corriendo de la cocina con su caja de ceras de colores en una mano y el Libro Blanco-Negro de Seguridad en la otra; reía a carcajadas bajitas, de esas que se intentan esconder con vergüenza fingida en las travesuras, mientras canturreaba “negro por fuera blanco por dentro; negro por fuera, blanco por dentro”

El resto del día lo empleó en leer las 3437 razones que obligaban a prohibir volar. Tantas razones y sólo ocupaban 24 páginas; algunas eran tremendamente técnicas y repetían como un mantra palabras que ella desconocía, onda, emisor, seguridad; otras eran demasiado fáciles de entender, hasta para una niña de seis años. Por hacer las cosas bonitas y entretenerse (leer aún le suponía un esfuerzo) en cada una de las hojas la niña dibujó, en la esquina del margen superior derecho, un animalito diferente. Eran los guardianes de las razones y, como sólo tenía 12 ceras de colores diferentes, tuvo que repetir color y jugó a hacer parejas de guardianes-animales, como para el Arca de Noe.

Además, con cuidado para no torcerse, marcó con rotulador fluorescente la razón 1332.

Cuando terminó de leerlas cayó en la cuenta de que de los 12 guardianes dibujados en las esquinas de las hojas, habían quedado prohibidos siete de ellos: los pavos reales, las mariquitas rojas, las mariposas, los pájaros carpinteros y las abejas. Mientras los tachaba con la cera de color negro, a grandes trazos, con rabia, como quien clava una estaca en un vampiro, nació el miedo: qué iban a hacer con todo lo que volaba, dónde lo iban a guardar, que pasaría con quien no obedeciera...

Y así fue como la niña del bloque 7, y muchos otros, crecieron en un mundo en que todo iba a ras de suelo. Todo bien pegado a la tierra, bien seguro; libres de caídas y de remolinos.

Se acabó volar: no más aviones, nada de libélulas o mariquitas, ni patos, ni golondrinas, ni comentas, nada de ángeles de la guarda, ni tirachinas, ni faldas revoloteando.

¿Tampoco nada de ideas?

Nadie le supo contestar esa pregunta pero, por la cara de espanto que se le dibujaba a quien la oía, dejó de preguntar y aprendió a convivir con su secreto: A veces se le escapaban ideas, al principio cosas tontas de niña, por ejemplo ¿dónde habían guardado las nubes?, pero con el paso del tiempo sintió que a sus ideas les nacían plumas (mal, prohibidas) y cada vez volaban más lejos (peor, aún más prohibido), así que por miedo a infringir alguna severa prohibición adulta adoptó la costumbre de llevar sombrero.

Esto tiene su explicación.

Una noche vio, en el teleclub de la iglesia, una película en la que los alienígenas (así llamaban a los marcianos: alienígenas) invadían la Tierra y, para no ser localizados, los humanos se forraban la cabeza con papel de aluminio. Si el papel de plata servía para que los marcianos no detectaran nuestras ondas cerebrales, un sombrero, de los de toda la vida, serviría para que no se le escaparan sus ideas…

Pero parece ser que las ideas tontas son de lo más común entre los humanos y, tras una subida escandalosa en la cifra de ventas de sombreros que la convirtió en un hito empresarial de lo más sospechoso y peligroso, los grupos políticos que parecían sólo estar de acuerdo en las decisiones más absurdas a tomar, en otro avance informativo comunicaron a la ciudadanía que la utilización de sombreros o cualquier prenda que cubriera la cabeza, en locales cerrados, quedaba prohibida desde las doce del mediodía por razones de seguridad.

Era domingo.

Aquel comunicado que interrumpió la emisión de deportes no le pilló dibujando caracoles. Había pasado mucho tiempo de aquello y jamás los había vuelto a dibujar. Ella seguía odiando su pelo rizado y los zapatos de charol, pero ya no llevaba la caja de ceras consigo a todas partes. En parte porque ya no era una niña a la que le gustaban las adivinanzas tontas —¿qué lleva el rey en la panza?—, en parte porque había perdido la ilusión por llenar de colores una realidad tan pegada al suelo como la que vivían.

Y era domingo; y estaba harta; y pensó que a veces los secretos pesan tanto que la única solución que queda para sobrevivir es convertirlos en palabras compartidas y borrarlos.

Entró en la iglesia, como todos los domingos, y antes de que empezara la celebración, enfiló el pasillo central. Llevaba aún su sombrero puesto. Subió los tres escalones y se puso frente a todos sus vecinos y amigos. Las campanas marcaron las doce. Ella se quitó respetuosamente el sombrero y sólo dijo:

La norma 1332 establece que se prohíbe volar porque lo que vuela nunca se sabe bien adónde va. Quizás sea el momento de plantearse que aunque no sepamos bien adónde vamos, puede existir un lugar mejor que éste.

Respiró aliviada.

Salió de la iglesia, se sentó en un banco al sol y se puso de nuevo el sombrero. Esta vez no lo hizo porque tuviera miedo de que se le escaparan las ideas, sino porque con él se sentía guapa y odiaba su pelo rizado. Allí sola, por fin sin miedo, dejó volar su secreto mejor guardado: su imaginación.

 

martes, 19 de noviembre de 2013

De las invasiones bárbaras y otras contaminaciones

Me encanta hablar sobre temas que yo califico como de polémica suave o dulce. Divagar sobre ellos no hiere a nadie y saberlo me permite ofrecer mi opinión de una forma más libre, puesto que soy consciente de que quien lee esto no puede rebatirme y siempre tengo dudas respecto del valor que hay que otorgar a mi opinión (opinión gestada en un cerebro donde churras y merinas andan siempre paciendo juntas en una especie de «totum revolutum»). No me gustan los adoctrinamientos unilaterales.


Acaba de pasar el Día de Todos los Santos y, tal como ocurre desde hace unos pocos años, las voces que critican la celebración de la fiesta de Halloween en su víspera son casi más altas que las que van al día siguiente al cementerio a dedicar unas palabras de amor a sus muertos.

Esto yo ya lo viví en mi infancia cuando Papá Noel decidió extender su área de influencia y desembarcó en zona, hasta entonces, de franquicia exclusiva de los Reyes Magos de Oriente.

Aquel debate se reproducía anualmente y, por resumir lo que todos sabemos, se centraba en la necesidad de preservar lo propio/lo auténtico/lo nuestro, frente a determinadas importaciones bárbaras que contaminaban nuestro haber cultural.

Creo que resulta necesario, antes de hablar de esas contaminaciones culturales, que parecen amenazar nuestra pureza, definir qué es «cultura».

Nadie mejor que la Real Academia de la Lengua para ello, quien ofrece dos acepciones. Una que encaja perfectamente con lo esperado: «Conjunto de modos de vida y costumbres, conocimiento y grado de desarrollo artístico, científico, industrial en una época, grupo social, etc.» (Nota de la que firma este artículo: que a nadie le pase desapercibido ese etcétera que a mí personalmente me hechiza, porque en un etcétera cabe ¡todo!). Pero además la R.A.E nos ofrece otra definición posible como: «Conjunto de conocimientos que permite a alguien desarrollar su juicio crítico».

Ni qué decir tiene que a mí la definición que me encanta es ésta última, la del conjunto de conocimientos que nos permiten formarnos nuestro juicio crítico.

Siempre he sentido el hecho cultural como algo enriquecedor, algo que hace grandes a las personas dotándolas de una mayor capacidad de análisis, crítica, comprensión, sensibilidad y empatía (no por ese orden y, además, incluyo de forma muy consciente la empatía, que para muchos no tendrá sentido en esa enumeración de capacidades, pero que para mí resulta esencial en una persona que se deba definir como culta).

¿Exige la cultura, para su supervivencia, mantenerla alejada de influencias extrañas?

Es aquí donde entro en la polémica contestando un rotundo NO.

Leí el otro día una frase del editor Sergio Parra que hoy me sirve como anillo al dedo: «Preservar la pureza cultural es tanto como preservar la virginidad de nuestra hija, tarde o temprano perdemos».

A eso le añado yo una reflexión personal: en estos tiempos de globalización total, en que lo económico, lo tecnológico, lo social y cultural trasciende fronteras, resulta absurdo enrocarse en la pureza de lo propio y el rechazo de lo ajeno. Aceptamos sin quejas la globalización tecnológica (es más, la disfrutamos, y los únicos peros devienen, en todo caso, de un no saber utilizarla adecuadamente); nos resignamos a la globalización económica (todos sabemos que si Estados Unidos quiebra nos vamos todos al hoyo, a su rebufo); pero la globalización social y cultural parecen dejar en nosotros un sentimiento de profanación de lo propio mucho más difícil de aceptar.

Nadie te va a hacer un mal comentario por preocuparte por el cierre de la bolsa de Nueva York o Tokio (es más, seguramente dirán: ¡Mira qué persona más entendida!, ¡qué formado!) pero si te pillan en el búrguer comiendo una hamburguesa, o sushi en un japonés, te renegarán porque no hay nada mejor que la dieta mediterránea (oye, que ni como excepción está bien visto).

La endogamia no es buena a nivel biológico ni tampoco a nivel cultural.

La endogamia biológica provoca en la descendencia rasgos recesivos o deterioros genéticos. Provoca la degeneración biológica (todos sabemos lo que ocurrió en el pasado con determinadas monarquías, por ejemplo).

A la endogamia cultural le ocurre lo mismo.

Es algo comúnmente aceptado que el intercambio cultural es el mayor motor histórico del progreso. No nos engañemos, España no apareció súbitamente en la Península Ibérica con una paella en el centro, una plaza de toros en el sur, y unas muñeiras en el norte (por decir algo). Lo que somos en la actualidad es el resultado de miles de años de contaminaciones e invasiones: el profeta e hijo del Dios de la religión mayoritaria en España nació en Belén (y aquí sí que me niego a pronunciarme sobre si era territorio Palestino o Judío, esa es una de las controversias menos dulces que conozco); nuestra lengua procede del latín; nuestra álgebra tiene origen árabe; los circuitos integrados tienen su origen en California; la cerveza es alemana; la doble contabilidad italiana; el concepto cero tiene origen indio...

En realidad no hay nada más enriquecedor para individuos y sociedades que el flujo libre de ideas, tecnologías y hábitos. Negarlo es tanto como cortarnos las alas.

Se me ocurre hacer un repaso mental de mi día: me levanto y desactivo la alarma de mi móvil, una BlackBerry, canadiense. Me tomo un café, de Colombia. Subo a mi coche inglés, trabajo en mi despacho con leyes españolas (adaptadas a normativa comunitaria) con un ordenador hecho en Taiwán y con un sistema operativo norteamericano. Como unas lentejas (de mamá) y una pieza de fruta (del campo de naranjas de un amigo), mientras miro el telediario, me cuentan el cierre de la bolsa de Nueva York, Tokio, y cómo va la prima de riesgo española en comparación con la italiana. En deportes, como es lunes, hacen un repaso de la liga española, alemana, inglesa e italiana. Anuncian el estreno en Valencia de la obra de Víctor Hugo (francés) «Los miserables»... Esto no tendría fin.

Les reto a que hagan un repaso de su día, de sus pertenencias, de sus interacciones, y le pongan a cada cosa la banderita de procedencia, les aseguro que al final del día llevaran banderitas de todo el planeta.

Está claro que la cultura nos proporciona un sentido de identidad propio. Las reglas culturales nos influyen para comportarnos de forma similar, le dan forma a nuestros pensamientos, comportamientos y valores. Pero ello no puede suponer que levantemos muros frente a expresiones culturales ajenas. Participar de algo desconocido no nos hace menos auténticos, al contrario, nos enriquece, nos permite formarnos una opinión y decidir en libertad si queremos volver a participar en ello, o no. Permitamos el fluir de estas manifestaciones, permitámonos el experimentar, el formarnos un juicio crítico al respecto, y sólo el paso de los años decidirá la trascendencia que haya de tener.

Ya saben que me gusta terminar estos artículos con dos reflexiones finales. Hoy no es una excepción.

Primera: Con los tiempos tan oscuros para el optimismo que vivimos cualquier motivo de celebración es bueno. Quien tenga ánimo de disfrazarse de momia sanguinaria y pasearse pidiendo caramelos, que lo haga. No deja de ser un héroe de la alegría. Estoy segura de que nadie considera en España, a fecha de hoy, la fiesta de Halloween una tradición, sólo es una oportunidad de reunirse con los amigos y echar unas risas. Cualquier risa, que sea bienvenida.

Segunda: No por asistir a una fiesta de Halloween se deja de añorar a los seres queridos que nos faltan. El dolor es uno de los sentimientos más íntimos que conozco, y ninguna fiesta lo eclipsa. Estoy segura de que quien llora a sus difuntos, los llora a diario, y el Día de Todos los Santos los tiene a flor de piel.



 

miércoles, 18 de septiembre de 2013

La sonrisa en los tiempos del cólera

La sonrisa en los tiempos del cólera




En esta ocasión adapto el título de la obra de Gabriel García Márquez (El amor en los tiempos del cólera) para hablar de una de las expresiones del estado de nuestra alma que me trae de cabeza últimamente: la sonrisa (y el colofón final a la que debería ir abocada, la felicidad).

Va rodando por el mundo de la híper ultrasónica comunicación virtual en el que vivimos (léase Facebook, Twitter, You Tube, páginas WEB, blogs…) una especie de campaña positiva que parece exigir al ciudadano de a pie exhibir un supuesto estado de felicidad inquebrantable que ignoro —y esto lo digo con total sinceridad— de dónde hemos de sacar.

No es difícil encontrarse a lo largo del día eslóganes, notificaciones de Facebook, Twitter o similares, donde a punta de pistola emocional te espetan a la cara aforismos tan sencillos de escribir y complejos de alcanzar como: “Decide ser feliz”, “No hay camino para la felicidad, la felicidad es el camino”, “Sonríe, vale la pena ser feliz”, “Tu sonrisa todo lo arregla”, “Si tienes un mal día coge una sonrisa”… y patatín y patatán… (y esta última expresión del patatín es la más inteligente que he escrito tras los dos puntos de la enumeración).

García Márquez en su novela jugaba con la idea de que los síntomas del enamoramiento bien pueden confundirse con los del cólera (la enfermedad).

Yo creo que, en estos tiempos, nos ha tocado vivir una nueva versión de la pandemia clásica—aquí no hay cólera, pero crisis y sus vergüenzas haberlas hay— y la gente confunde los síntomas de la felicidad con los de una crisis de valores esenciales.

Por quitarle un poco de hierro al asunto diré que la culpa de todo la tiene el cantante Bobby McFerrin, primero al que escuché aquel famoso: “Don’t worry , be happy” (no te preocupes, sé feliz) y de ahí hemos degenerado en una sociedad que cree que sonriendo va a arreglar/mejorar/ alcanzar ¿algo? Es broma. Pero lo cierto es que tengo dudas.

Yo misma no soy persona que le niegue la sonrisa a nadie, pero de ahí a pensar que una sonrisa lo arregla todo…

Hace tiempo me ronda la idea de que somos una sociedad enferma. Adocenados en un sistema democrático (¡ja!)-económico (¡jajá!) que nos han vendido como el colmo de lo más, de lo más de lo más, andamos como almas errantes en perpetua búsqueda no sabemos bien de qué. Sí, somos afortunados (vete tú y compárate con los que viven en Colombia…) pero en el fondo sabemos que algo falla.

Y así nos movemos por la vida: deprimidos, con ansiedad, insatisfechos, doloridos, atacados, acosados, con insomnio… Sabiendo que lo tenemos todo para ser felices pero rumiando mil penas.

Hay temas (ignoro si esto le pasa al resto de los mortales) que son complejos y me da una pereza casi invencible meditar sobre ellos. Algo así como le pasaba a Escarlata O’Hara en Lo que el viento se llevó. Siempre acabo diciéndome: ya lo pensaré mañana. Perezas vencidas, habrá que planteárselo: ¿Podemos ser felices en nuestra sociedad desarrollada, dando gracias por vivir en un oasis de supuesta tranquilidad (en términos de comparación mundial)? ¿Se puede ser feliz como un acto de fe? ¿Se es de lo peor, y desagradecido, si uno piensa que no se puede ser feliz con la que está cayendo por todas partes? ¿La felicidad propia exige insensibilidad con lo ajeno?

Es fácil caer en un círculo de preguntas sin fin y aplazar la decisión para otro día. Así que, testaruda y bloqueada en el tema, se me ha ocurrido tirar de estadísticas (son fantásticas para inventar teorías, siempre hay una que te sirve), y en este caso he encontrado dos que, puestas en relación, son muy reveladoras.

La primera es un informe de Naciones Unidas para el Desarrollo donde se detalla el ranking mundial de países por índice de desarrollo humano. Organiza a 186 países según valores tan esenciales como la esperanza de vida, la alfabetización y el nivel de vida. A nadie le extraña que el primer puesto lo ocupe Noruega, el segundo Australia, el tercero Estados Unidos y así se descienda en desarrollo lógico, paulatinamente, hasta llegar al último puesto que lo ocupa Níger. España ocupa un honroso puesto vigésimo tercero. Todo controlado, podríamos decir que todos los “nuestros”, están por delante o con nosotros. Somos una piña de progreso, y estamos muuuuy lejos de las penurias del desarrollo.

¡Ay! Pero tengo otro informe muy revelador: El índice de planeta feliz, publicado por la prestigiosa New Economic Foundation. Con parámetros similares a los de Naciones Unidas (expectativa de vida, percepción subjetiva de la felicidad y huella ecológica, puestos en relación con la solvencia económica del país y su sostenibilidad) organiza a los países del mundo por su felicidad. Básicamente le preguntan a la gente cómo se siente con sus vidas. Bonita pregunta. Pues atentos porque a todos les va a sorprender que el primer puesto lo ocupe Costa Rica el segundo Vietnam, el tercero Colombia… Que Bangladesh (país que asociamos indefectiblemente a inundaciones, pobreza, y penas) ocupe el puesto undécimo, mientras que Estados Unidos aparece en el puesto 105 de 151 (¡por detrás de Sudán!) es el acabose, y nosotros, los españolitos, en el 62. El último es Botswana. En eso estamos de acuerdo.

¡Sorpresa! Desarrollo y felicidad no andan unidos. Más bien parecen peleados.

Está claro. Tenemos de todo y todo nos falta. Vivimos una especie de vorágine existencial en la que pasamos por la vida esforzándonos tanto por conseguir lo que consideramos tan poco que el sufrimiento que nos acompaña nos impide ser felices. Va a resultar que un niño de Colombia (al final me van a prohibir la entrada al país el día que se me ocurra ir, tanto comparar tanto comparar…) es más feliz jugando en la calle con una pelota de trapo, que nuestros hijos jugando el mundial de futbol con la PlayStation 3, conectados en red interplanetaria. Va a resultar que es más feliz el barquero de un lago de Costa Rica porque el tiempo discurre lento en sus días, que un madrileño metido en un atasco en el centro (y juro que ahí el tiempo también trascurre lento, lento).

Así que, como en casi todo, creo que no hay receta universal, aunque una cosa es absolutamente cierta: a diario nos encontraremos con mil motivos para sonreír y otros mil para llorar. No reconocerlo es de locos.

Llevamos mucho peso inútil en esa mochila emocional que nos ha colocado a la espalda nuestra maravillosa sociedad avanzada; según la fortaleza de cada uno, será más o menos fácil cargar con ella. No la llenemos más de la cuenta y menos con cargas inútiles. El que sonría que lo haga porque le nace, o por amabilidad, o porque le maravillen las pequeñas cosas de la vida, o las grandes; pero nunca porque se lo exijan. Y cuando lo necesite, que llore.

Para terminar, como siempre, dos consideraciones.

La primera es una excepción. Entre todas esas frases majaderas de sé feliz y no mires por qué, encontré una preciosidad (pintada en una pared de Puerto Rico, hay que reconocerlo): “Si vas a dejar de sonreír que sea para besarme”. Amén.

La segunda es un secreto: Las personas que a diario sonríen (por coraje con la vida, por esperanza, por imbecilidad, por lo que sea), con mucha frecuencia son las que más lloran por las noches. Cuídenlas. Son como luciérnagas que nos pueden alumbrar en esta vida tan compleja.





martes, 10 de septiembre de 2013

Operación biquini

Operación biquini




He llegado a la convicción de que los seres humanos tenemos una tendencia natural a la mortificación.

En épocas pasadas, cuando quizás yo misma era más trascendente, llegué a pensar que ello se debía a alguna herencia de la religión católica en la que casi todos nos criamos en la España de hace unos cuarenta años (enseguida me viene a la cabeza todo ese asunto tenebroso de los cilicios, la flagelación, la purificación por el dolor, el pecado, la culpa…) aunque, la verdad, reconozco que no tengo ninguna base científica para asegurarlo.

Ahora, la edad me ha hecho menos trascendente y más pragmática, y me inclino por pensar que la capacidad de disfrutar sin complejos nos anda vetada por esa constatada inutilización del noventa por ciento de las neuronas que poseemos y que nos mantiene en una especie de idiocia avanzada en comparación al resto de seres del planeta, pero idiocia al fin y al cabo.

El caso es que todos los años, cuando se aproxima el verano, época del año en que con habitualidad la mayoría disfruta de un merecido descanso (y en los tiempos que corren no es un tópico decir que el que lleva once meses seguidos recibiendo badana diaria merece un descanso), en lugar de babear de felicidad soñando con espachurrarnos en la tumbona y bebernos una cervecita con los amigos, aparece súbitamente la dichosa mortificación en forma de negación. El famoso: “No, yo no. Que he empezado la operación biquini”.

Esta operación biquini que desembarca en nuestras vidas, cíclicamente, exigiendo disciplina castrense cuando lo que realmente necesitamos es descanso existe desde tiempo de María Castaña y, como no espabilemos, pervivirá hasta que vuelva a caer un meteorito en el planeta.

Personalmente yo recuerdo a la perfección cuándo tomé conciencia de la existencia de la famosa “operación biquini”.

Estaba en la facultad, a punto de comenzar los exámenes parciales, y fuimos como todos los años a pasar las vacaciones de Pascua al pueblo. Esa escapada familiar a mí siempre me iba de maravilla para aislarme y preparar los exámenes (aclaro que mi pueblo es una aldea de cuarenta habitantes, dejado caer en el pico de una montaña, donde no existe nada que te pueda distraer si no lo buscas a propósito. Nada de nada, lo juro. Ideal para preparar exámenes). El caso es que antes de subir al pueblo paramos en Teruel para comprar lo básico, entre lo que se encontraba el periódico del día (a cuántos les parecerá eso una rareza hoy en día…) y ahí, al lado de todos esos periódicos impresos en papel prensa que tiznaba las manos y el corazón con noticias turbadoras (el terrorismo era la máxima preocupación de los españoles por aquella época), apareció en mi vida, brillando como el satén, la revista femenina “Elle” con su “Especial culos” del mes de abril.

Jamás olvidaré la portada: a pie de playa, con un mar azul turquesa de fondo, una modelo, de espaldas, con un culo redondito, perfecto, ligeramente alzado, con un más que escueto biquini igual de perfecto sobre unas letras fucsia que me gritaban “especial culos”.

No sé si porque estaba de exámenes y mi aspecto era más parecido al de un topo que al de un ser humano, me quedé agilipollada con la portada, tanto que mis padres me ofrecieron comprar la revista, no sin antes advertirme mi madre “No te preocupes, ese culo no ha tocado jamás una silla” ( en clara alusión a mi habitual ocupación de estudiar sentada).

El caso es que la compré, la leí, atendí a los cien trucos para realizar una correcta operación biquini y mejorar mi culo y mis abdominales en cuarenta y cinco días. Y entre tema de derecho procesal uno, y derecho civil tres, me inoculé yo misma el virus de la operación de las narices.

Y así hasta ahora, y prometo que han pasado más de veinte años.

Llegado mayo (para enmendar la realidad de un cuerpo cuya apariencia responde a nuestra carga genética y a nuestro estilo de vida) aparece la operación biquini con todas sus exigencias que nos auto-imponemos manu militari: el azúcar se debe sustituir por sacarina; se sopesa canjear una comida al día por una barrita de comida saciante que más bien parece comida para hámsters; la cerveza debe ser sin alcohol, la Coca Cola light; y el pan y el postre se deben sustituir por aire, es decir, por nada de nada, están prohibidos, más que robar.

Pero, tirando de refranes: “Dios propone y el hombre dispone”, o lo que es lo mismo, queremos pero no podemos. Con la vida tan achuchada que llevamos nos cuesta mucho, pero mucho, mucho, renunciar a esas pequeñas alegrías del día y acabamos pecando (¡ay! ese gerundio tan católico...), y en consecuencia sufriendo terribles remordimientos…

Para colmo, como los tiempos que vivimos son disparatados en casi todo, por supuesto que este tema también ha ido a peor. Me quedo muerta de la impresión cuando veo anunciar en la televisión pastillas que capturan en tu estómago la grasa de la comida que has ingerido. O cremas que devoran tu celulitis mientras duermes. Un algo así como ponte morada a comer y descansa, que nosotros te lo arreglamos con estos productos tan bonitos que te vendemos...

Vamos a ver, vamos a ver.

Este tema tiene que ver mucho con la idea de aceptar lo que somos, eso sí, sin descuidar el cuerpo pero tampoco el alma.

Vencer los complejos es una cuestión individual, un paso que uno ha de dar en solitario, un paso que posiblemente llega con la madurez mental.

Yo no tengo consejos para dar a nadie; sólo ofrezco una reflexión: las personas más encantadoras que conozco son las que andan por la vida sin complejos, porque se aceptan tal como son, y ese proceso de aceptación es una autopista de doble sentido. Quien se acepta tal cual es, acepta al prójimo en idénticas condiciones. Esas personas son mucho más sabias y dichosas porque ven más allá de las apariencias. Ven el corazón, el alma de las personas. Supongo que todos estaremos de acuerdo que la mejor parte de nuestro cuerpo es la sonrisa y el brillo de la felicidad en los ojos. Eso no lo consiguen las cremas anticelulíticas ni las píldoras devora grasa. Eso lo consigue un alma tranquila que en el fondo es lo que más enamora.

Sé que esto no va a ayudar a las adolescentes que luchan contra sus primeros miedos, ni a las mujeres maduras que luchan contra el paso del tiempo, pero para ayudar tengo un secreto que contar y un deseo que pedir.

El secreto: no toméis como referencia a imitar a las modelos de las revistas. No existen, como los gamusinos. Confirmé una corazonada que tenía al respecto el otro día. En realidad no son humanas, son alienígenas de un planeta con nombre absurdo, y prometo que es cierto que se lo oí decir a Will Smith en “Men in black 3” el domingo pasado (y lo que sale en la tele es cierto, ¿no?).

Y mi deseo: Ojalá nadie este verano se prive de un buen postre de chocolate al terminar una cena de verano. Todos sabemos que el chocolate reporta felicidad, pero además cuenta con una ventaja adicional: deja un suave y dulce aroma en el aliento, ideal para dar besos de verano… o invierno.







Tenemos que conocernos


Tenemos que conocernos




Hubo un tiempo en el que le preguntabas a un amigo que en qué estaba pensando y te podía contestar, con sonrisa pícara: «En lo único». Y claro está, se refería al sexo. Ahora sólo hay crisis, corrupción y penas, muchas penas. Así que, para conocernos, hablaré del gran tema: la crisis.

Lo primero que he de decir es que me gusta la poesía y por ello, participo en foros de poetas.

El día que se publicó la penúltima cifra, enorme, de desempleados españoles, en uno de estos foros, un compañero colombiano, apesadumbrado por la imagen que circula en los circuitos internacionales de una España llena de hambrientos vagando por las calles, me envió una cita que Einstein recogió en uno de sus libros. Sé que quería consolarme pero yo, al leerla, creí morir de un patatús. La transcribo porque no tiene desperdicio:

«No pretendamos que las cosas cambien si siempre hacemos lo mismo. La crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque la crisis trae progresos.

La creatividad nace de la angustia como el día nace de la noche. Es en la crisis donde nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis se supera a sí mismo sin quedar “superado”. Quien atribuye a la crisis sus fracasos y sus penurias, violenta su propio talento y respeta más a los problemas que a las soluciones.

La verdadera crisis es la crisis de la incompetencia (...)

Hablar de crisis es promoverla, y callar en la crisis es exaltar el conformismo.

En vez de esto, trabajemos duro. Acabemos de una vez con la única crisis amenazadora: que es la tragedia de no querer luchar por superarla.»

Fue leerla y sentir un doble desprecio. Primero dirigido al poeta que se permitía darnos consejos cuando él mismo ¡vivía en Colombia!, país que a mí, en ese momento de orgullo nacional herido, se me antojaba lleno de gente circulando en camionetas con metralletas. El segundo focalizado directamente sobre el Sr. Einstein del que, en ese momento, sólo podía recordar su tenebrosa participación en la elaboración de la bomba atómica. ¡Menudo par! Como para darnos consejos...

Tuve que dejar pasar los temblores del terremoto interno que me había producido la cita para reconvertirme en un ser civilizado, recordarme a mí misma la injusticia de los estereotipos sociales (igual de injusto es pensar en una Colombia llena de metralletas como en una España llena de toreros y flamencas paseando por Mercadona) y que algo bueno habría hecho el tal Einstein en su vida... ¿Quizás elaborar la teoría de la relatividad?

Superado el shock me puse a pensar...

¿Es lícito exigir a esta población, tan castigada, un esfuerzo creativo para salir de la crisis? ¿No es suficiente con que nos aplaudan por sobrevivir?

Ya me parece que hay que poner en un altar a la persona que con 450 euros mantiene a su familia, y de vez en cuando le compra una chocolatina al niño. Creo que deberíamos sacar a hombros al empresario que hace el milagro mensual de pagar las nóminas de sus empleados, y si falta, él cobra el último. Me fascina, como el tercer misterio de Fátima, que con ocho euros, la señora que hay delante de mí en la carnicería pueda hacer comida a sus hijos y nietos toda la semana y además me dé las recetas con una sonrisa....

Todas esas actividades requieren mucho ingenio, pero es cierto: es una creatividad destinada a la supervivencia. Y así, maldiciendo un «Perdón Einstein, hemos de sobrevivir», me resigné.

Pero un día, mientras me tomaba una sopa de fideos, en la tele de mi salón apareció la cara sonriente de una joven que había tenido la idea de pintar retratos a un euro y, con ello, conseguido pagarse el pasaje para visitar a su familia en América (¡en un mes!). Fue inevitable recordar a Einstein: ella había usado su creatividad no sólo para subsistir. Había dado ese paso más que reclamaba el genio alemán.

Pero ¿cómo trasladar eso a gran escala? ¡A un país! Además, ¿podemos confiar esa tarea creativa a nuestros políticos? Porque digo yo que ese plus de talento no sólo se ha de pedir a la vecina del quinto, también habrá que exigírselo a ellos... portentos que, hasta el momento, aparentan tener la misma creatividad que un calamar en su tinta... excepto para ensobrar dinero, claro está.

Abatida, y por hurgar en mi herida obsesiva sobre la crisis, se me ocurrió hacer un sondeo. A veces hago cosas raras, y ésta podría ser una. Como dice Einstein, ¿estamos tan absortos hablando de la crisis que la promovemos? ¿Estamos obsesionados? Escogí a treinta de mis contactos del móvil y, vía Whatsapp, les formulé una pregunta que yo, de forma consciente, consideré tendenciosa: «Necesito, para un estudio, que me digas la primera palabra que te venga a la mente que empiece por “cri”. La primera. Sin pensarlo».

Yo que esperaba treinta «crisis» sólo recibí una de mi sobrina, adolescente, que además se disculpaba por su negatividad. El resto, por mayoría apabullante, me mandó una misma palabra en diversas derivaciones: «crimen» (o «criminales»).

No era lo que yo esperaba, desde luego. Era peor. Mostraba una tendencia criminalizadora que podría dejarnos estancados en el odio hacia quienes lo han hecho tan, tan mal.

Por eso, ahora que entiendo un poco la cita de Einstein, espero que esa ira que sentimos saque lo mejor de nosotros, que no nos inmovilice en un simple dedo acusador, sino que espolee nuestro coraje y peleemos, aunque sea a pecho descubierto, por reinventarnos.

Aún pensativa, vi a mi hijo jugando con la Play en el comedor y le pregunté: «Álex, ¿qué palabra se te ocurre que empieza por “cri”?» Sin apartar mucho la vista de los zombies que le atacaban en la tele (él sí que está acostumbrado a mis rarezas), me contestó sin dudar: «Criptonita mamá, con la criptonita lo podremos vencer todo».

Conclusión: primero apostemos por sobrevivir; a ratos muertos, seamos creativos en la búsqueda de soluciones; y si eso no fuera suficiente, habrá que preguntarle a Superman dónde está el planeta ese del que procede la “kryptonita” porque la vamos a necesitar, y mucho.

Que conste, habría preferido hablar de sexo. Y me fastidia darle la razón al alemán. Un desastre, vamos.

domingo, 15 de julio de 2012

Creo





Creo en los amaneceres plomizos con olor a café, siempre solitarios, porque me dan un espacio personal que necesito para sentirme bien conmigo misma, para sentir mi calidez personal, para notar que sigo aquí, que no me he desdibujado en un mundo que es un monstruo de rutinas y mediocridad.
Creo en la risa, esa que hace llorar porque no se puede controlar, y recuerdo (porque me obligo a ello), con exactitud, cuándo fue la última vez que reí de forma compulsiva, hasta las lágrimas. También creo en las lágrimas de dolor, ese dolor duro y mezquino que nos rompe por dentro; lamentablemente no he de hacer ningún esfuerzo por recordarlo… Es obvio, creo en los extremos, en este caso de los sentimientos, que nos hacen frágiles, tiernos, humanos, que nos acercan a la vida, que casi siempre duele, aunque a veces, casi por sorpresa, no.
Creo que no hay nada más allá de la muerte (no reproduciré aquí de forma extensa, por carecer de belleza estética o moral, mi teoría de que somos un compuesto químico y que nuestro lugar futuro está en fundirnos de nuevo en la tierra); pero creo que, dado que solo hay una vida, todos deberíamos poder disfrutarla en las mismas condiciones, lo que me lleva a creer que tengo demasiado y que eso no es justo.
Creo en las buenas personas que he tenido el honor de conocer en esta vida. Existen, doy fe.  Y aunque todos tenemos claros y oscuros, hay personas que viven detestando su propia oscuridad, luchando contra ella. Dicen que si no vives como piensas, acabas pensando como vives. Creo que es necesario pensar mucho y vivir en consecuencia (de ahí mis amaneceres solitarios).
Creo, sobre todas las cosas, en esas personas a las que quise “hasta doler los huesos” y que ya no están conmigo. Creo que jamás superaré sus ausencias (escribo esto y me duele, hoy, igual que hace años; de nuevo  lágrimas…) Lo que me enseñaron forma parte de mí, igual que mi ADN. Siempre estarán en mí. Creo que murieron sabiéndolo; bueno, no lo creo, estoy segura.
Creo que hay que ser valiente con los sentimientos. Me causa miedo, en muchas ocasiones, exponerlos a la luz de una mirada ajena, pero creo en el valor y no quiero que nada se me quede en el tintero, no quiero andar por la vida (a la que considero como una única oportunidad) cargada con maletas llenas de sentimientos no mostrados, ignorados, olvidados, muertos antes de nacer. La vida es un camino que hemos de andar y yo la quiero recorrer, hasta su final, sintiendo cada paso que doy.
Creo en los amigos; no en la amistad.
Creo, desde luego, que la valía de las personas se mide en los momentos más difíciles, aunque ello parezca un lugar común; sin embargo creo, aún más, en aquellos que han estado conmigo no sólo en el dolor, también en esas pequeñas satisfacciones, casi imperceptibles, que sólo un buen amigo puede adivinar; cosas tontas que hacen sonreír, juntos, levemente, sin necesidad de palabras. Esos momentos de complicidad invisible para el resto, representan para mí un estadio superior en la amistad.
Creo en la verdad aunque miento, porque creo que a veces, utilizándola desnuda, esa verdad es como un arma nuclear. Creo necesario minimizar los daños ajenos; puedo asumir hasta el infinito mi propio dolor, pero no quiero herir a nadie.  La verdad no es bella, ni dulce, ni sencilla de comprender, pero nos hace reales. Construir un mundo sobre mentiras es sencillísimo, pero no deja de ser un mundo hueco que, con un mínimo estornudo, se rompe, como una campana de arcilla. Por eso la mentira, utilizada con el fin que sea, me roba el sueño.
Creo en lo real. Necesito que mi vida sea real.
Por supuesto, creo en mí. Tengo la convicción absoluta de que puedo con todo, de que cualquiera, sobre todo aquellos a los que amo, puede contar conmigo; de que yo soy real en este mundo de sombras y estoy ahí, con las manos tendidas, siempre, con un minuto,  con una hora, o con una vida, para quien lo necesite.  Creo que hay personas que nacieron para abusar, y otras para que abusaran de ellas.  Sé a qué grupo pertenezco, lo tomo como un honor. No es que sea una luchadora. Soy más que eso. Me gusta la palabra coraje (“Impetuosa decisión y esfuerzo del ánimo, valor.”, definición RAE)
Creo en el amor que a veces se manifiesta en un abrazo, a veces en un silencio, en un grito, en una mirada, a veces en un batido de chocolate para dos, o en un beso con sabor a nicotina y café. Creo que el amor es como un vaso de duralex, aguanta golpes y golpes sin romperse, pero cuando acaba por quebrarse, los trocitos en los que queda convertido son tan minúsculos que es irreconstruible.
Creo que la vida todo lo va cambiando, y que hay que asumirlo sin reprocharlo. Todo cambia, también nosotros.
Creo en el sexo por deseo; en el deseo de una mirada; en los besos que dejan exhausto; en los besos lentos que son lo más sensual de una noche llena de incertidumbres que resolver.
Creo que hay personas de hielo y personas de fuego. No se pueden mezclar, porque el fuego convierte el hielo en agua y el agua extingue al fuego.  También los hay que no son ni una cosa ni otra: son la mediocridad, las medias tintas; estos quizás parezcan más afortunados porque se pueden relacionar con todos, sin desaparecer, sin sufrir, perdurar; pero, como ya dije antes, son la mediocridad; creo en los extremos: o hielo o fuego.
Creo que los cajones de sastre son hermosos; en ellos, en una mezcla caótica, convive lo más importante con lo más nimio. El caos a veces es bello y quizás (ahora me doy cuenta) sea una tontería intentar enumerar las cosas en las que creo, porque el resumen es que creo en la vida, y me asaltan mil detalles de ella en los que creo y que están en mi  particular cajón de sastre, en mi propio caos. Y ahí están las letras de las canciones de Sabina y Antonio Vega que me erizan la piel cuando las escucho a solas; en la igualdad en la que, no es que crea, vivo; en las cajas llenas de botones de colores;  en que cualquier manifestación artística es lo único que nos diferencia del resto de animales del planeta; en los gin tonics compartidos después de cenar; en la imaginación; en el mundo de los poetas: triste y lleno de pasión; en la pasión; en el poder del mar; en la libertad de los demás; en que el cuerpo duele para recordarnos que lo tenemos; en el compromiso con la vida; en los espacios íntimos y personales; en el olor a café de las mañanas; en que nos tocamos poco, necesitamos más contacto de piel con piel, necesitamos más abrazos, más besos…
Y por último: los extremos.
Creo en los extremos porque ahí es donde anidan los verdaderos sentimientos. Para bien o para mal. Si buscas lo real, duela o no, cuanto más puro mejor. Sé que existe el blanco, el negro, y mil tonalidades entre ambos; asumo mis claroscuros, mis grises, mis negros, pero sólo sonrío si pienso en el blanco. Quizás ahí, en ese blanco inalcanzable, esté la felicidad en la que, con sinceridad, no creo.







lunes, 9 de julio de 2012

Diferente, digo rara.




Insectos, bichos y silencio.
Esa es mi carta de presentación.
La explicación puede resultar muy breve ya que,  en esencia,  mi diagnóstico no abulta más que tres frases en un informe de alta hospitalaria: “Vibración de cuerdas vocales superior a los 25 Khz.  Sin relevancia para el aparato fonador.  Control por médico de cabecera.”
Cómo he llegado a ese diagnóstico, eso sí que es largo de contar. Y aún puedo dar gracias al azar, y a la bruja que me echó las cartas en la fiesta de fin de curso de la facultad, que aguantando estoicamente el corretear de los escarabajos azules, cada vez más abundantes,  entre sus cartas y bolas de cristal,  sacó la carta del sanador y me recomendó ir al médico.
“Tu problema no es de mala suerte, ve al médico, al de la garganta, cielo”.
Eso me dijo, y a partir de ese momento he sido consciente de mi tara.
Mi puta tara.
Toda la vida pensando que era una desgraciada, una gafe de la fauna, porque a donde iba se llenaba todo de bichos, y ahora resulta que la culpa es mía. Bueno, la culpa, culpa... llamémosle origen, que resta carga moral al asunto.
Me explico. Soy consciente de que la cuestión lo requiere.
Sin quererlo, cuando mis cuerdas vocales se ponen en funcionamiento emiten ondas que nosotros, los que nos auto-denominamos humanos, no percibimos, pero que a los bichos les ponen como motos. Como un silbato de esos para perros.
Podía haber tenido suerte y haber emitido ondas de las que se utilizan para ahuyentar cucarachas y ratones (ahora que soy una experta en ondas ultrasónicas puedo formular un deseo así, claro); pero no, mis ondas, todo lo contrario, les atraen.
 Sin explicación, ni solución científica.
Por eso lo del silencio, es mi remedio de andar por casa.
Y es que puede parecer una tontería pero, salvo que seas entomólogo y te gusten los insectos en todas sus manifestaciones,  es una guarrada empezar a hablar y ver cómo se van acercando poco a poco los bichitos del día y van llenando, cada vez en mayor número, todo el espacio que te rodea. Primero a tu alrededor, zumbándote en los oídos o restregándose por tus brazos,  luego trepando por tus cosas, dentro del bolso, en los bolsillos, por los zapatos... Hasta que se hace insoportable, hasta que te conviertes en una especie de madriguera portátil, de reina madre.
 Y digo los bichitos del día porque, por alguna extraña razón, no es que vengan todo tipo de bichos a la vez, al reclamo de mi voz; unos días aparecen mariposas lo cual (si no fuera porque al final, por el número inmenso que se acaba reuniendo, parecen mariposas carnívoras salvajes) podría parecer hasta bonito,  pero otros días aparecen insectos menos románticos: cucarachas, babosas o ciempiés.
En fín, que mis días son como los bombones de Forrest Gump: nunca sabes lo que te va a tocar...
Además el problema es que me afecta a mí y a los que me rodean; no te cuento cuántas veces he cambiado de trabajo, o de casa en los últimos meses... Enseguida, en cuanto empiezan a sospechar que algo tengo que ver con las plagas bíblicas que se desatan desde mi llegada a sus vidas, pliego trastos y me voy. Llevo fatal el tema de la culpa. Creo que ya lo he dicho antes.
El problema colateral es que no sé vivir sola.
 Está claro que puedo buscarme una casa solitaria en el campo y un trabajo de esos que se hacen desde el ordenador de casa:  teleoperadora de compañía aseguradora, voz sensual en línea erótica... pero como digo, me gusta la gente. Sus sonrisas. Sus voces.  Subirme al autobús y pegarme lo máximo posible a los otros pasajeros que hablan ajenos a sus ondas ultrasónicas, y disfrutar de conversaciones sin el chocar de polillas contra mi frente, o sin el zumbido de los abejorros alrededor... Todas esas pequeñas cosas que a mí me parecen inmensos milagros cotidianos.
Bueno, como decía, la ciencia no tiene solución a mi problema; así que tirando por la vía del medio he encontrado una solución casera pero eficaz al cien por cien. No hablo, me hago pasar por muda a donde voy y así mato dos pájaros de un tiro: evito a los bichos y me revisto de un aura de desvalimiento que, por el cariño que la gente pone para relacionarse conmigo, me va compensando por todos los años de exclusión social a los que me he visto sometida.
Este secreto, mi secreto, sólo lo conocemos dos personas. El otorrino que me diagnosticó entre inesperadas hordas de polillas nocturnas en el hospital, y yo misma. Yo creo que la bruja que me echó las cartas y me envió al médico no puede tener ni idea del calado del asunto...
El caso es que el pobre médico, que no tiene explicación a porqué me ocurre esto, toma muchísimo interés en mi caso. Yo creo que para él soy como un sofisticado producto de ambulatorio, pero como está bastante buenorro y mis relaciones sociales a la par que escasas suelen resultar nefastas, le dejo hacer. 
En realidad, no me engaño, es mi único amigo.
Yo, y no es por desanimarle, le digo que lo deje estar, que no tiene solución, que soy la dama de las bestias, pero él bromea y me dice que lo que soy es una sirena que emito cantos para los piratas del planeta. Así llama a los insectos, “piratas del planeta”, y luego me explica que si hubiera una explosión nuclear ellos serán los únicos supervivientes, que lo ha leído en una revista científica. Y yo le oigo decir eso y me derrumbo, porque vamos, si ni con una bomba atómica se puede solucionar mi problema... apaga y vámonos.
¿Se puede considerar este tipo de conversaciones como de enamorados? A veces, me lo planteo, pero inmediatamente desecho la idea. ¿Quién se puede enamorar de un reclamo andante para los invertebrados?
Él y yo hemos llegado a un entente de acuerdo, que algún purista podría considerar ilegal, pero que nosotros entendemos como una receta médica para tratar mi enfermedad.
 Él me ha expedido un certificado de mudez (porque si no a ver cómo voy por el mundo sin pronunciar palabra) y, a cambio, cada vez que se me escapa algún sonido (que reconozco que es algo que me pasa por mucho que me esfuerce en callar), le tengo que enviar un correo electrónico explicándole la hora en que ha ocurrido, lo que ha pasado, lo que he dicho y el insecto, bicho, o ser de Dios, que he atraído.
Él contento, porque entiendo que encontrar un caso así para investigar debe ser como que te toque la lotería primitiva médica; y yo, sin estar contenta del todo,  porque a ver cómo voy a estarlo con este problema que tengo, por lo menos puedo ir medio funcionando por la vida.
Nuestras conversaciones, siempre telefónicas, y después de avisarle por sms de que estoy  sola en un parque o en algún lugar alejado del resto del mundo, duran lo que dura mi capacidad de aguante de los bichos temáticos del momento. No es por falta de ganas, porque sé que tanto él como yo podríamos hablar de viajes, de horóscopos o de los zapatos que hay que llevar al zapatero; pero mi capacidad de aguantar a los extraños visitantes tiene un límite. Soy humana, aunque a veces hasta yo lo dude.
Hablamos y siempre parece muy interesado en saber qué tipo de insecto me visita. Hoy libélulas. Mariquitas. Saltamontes. Veo escarabajos verdes… Concienzudo debe tomar nota, porque siempre queda en silencio unos momentos.
Tengo dos noticias que darte.
Eso me ha dicho hace un momento, cuando me ha llamado.
Tengo una solución y una objeción. ¿Cuál quieres primero?
La solución, he musitado, mientras veía aparecer una nerviosa mosca delante de mi.
He leído sobre unas bayas nepalíes que producen, por una irritación alérgica de las mucosas, una leve inflamación de las cuerdas vocales. Creo que al variar la densidad de tus cuerdas tambien se pueden ver modificadas las ondas que emiten. Si estas bayas no sirvieran, podríamos trabajar con otros remedios, pero por esa dirección.
¿Y la objeción?
No sé si te has dado cuenta de la estrecha relación que existe entre la clase de insecto que se te aparece y tu estado de ánimo. Si estás nerviosa aparecen moscas; si estás enfadada son insectos fuertes los que te rodean, como los grillos o las cucarachas; si estás feliz te rodean mariposas de colores, libélulas o luciérnagas… Me resulta tan sencillo entenderte… Seguro que ahora estás rodeada de moscas. Nerviosas como tú. Así que la objeción radica sencillamente en que perderé el mapa de navegación de tu universo.
Ni un segundo de duda en mi respuesta. El que tiene una tara como la mía y roza por un instante, con la yema de sus dedos, su desaparición no lo dudaría.
Yo tampoco.
Pues tendrás que navegar a pelo. Eso hacen los valientes.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Rara



(Fotografía de Ángeles Torres Pérez)

Esto va de cucarachas azules y de mí que, con frecuencia, sueño con ser mantequilla.

Dos cosas raras. Lo entiendo.

Empiezo por las cucarachas.  Creo que son más fascinantes que yo.

La primera cucaracha azul turquesa la descubrí en casa hace quince días, dentro de un bote de detergente en polvo para la ropa.

Era jueves, ocho de la tarde.

Pensé que el insecto, de tanto comer las micro-bolitas azules que se mezclan con las blancas en los preparados en polvo de los detergentes, había sufrido una indigestión, tan severa, que había mutado su color. ¿Cucaracha camaleón?

Los raros tendemos a excusar cualquier anomalía del universo. Todo es posible, todo debería ser normal…

A los sesenta minutos, en el telediario de la noche, un locutor con cara de cachondeo anunciaba la plaga de unas bonitas cucarachas azules por todo el país.

Joder, bien.

(Eso pensé. Mira qué bruta puedo llegar a ser.)

Si hay una plaga, enseguida dejarán de ser raras… Qué suerte.

Y es que el estigma de la palabra raro te excluye del mundo, nada debería ser raro.

Soy muy sensible con ese tema.

No sufrir el peso de ser diferente. Por eso sueño con ser mantequilla, con ser blandita, maleable, que me apretujen y transformarme, no romperme, poder rezumar entre los dedos de puños cerrados, poder ser líquida, poder ser un pastel de manzana recién horneado…

Y ahora, claro, toca hablar de mí. Y ya imagináis, soy rara.

Dicen que soy rara porque traté de inventar, en la facultad,  un implante facial para no dejar de sonreír. El clip de la sonrisa. Así lo llamé. Y lo conté. Siempre hablo de más.

Dicen mis amigos que soy rara porque, aún ahora, tengo sueños a color, los recuerdo y, efectivamente,  me encanta contarlos.

Porque no llevo reloj.  Nunca llego tarde.

Porque nunca me pierdo. No me pierdo una buena lluvia de estrellas; ni un partido de fútbol; ni un buen cus-cús aunque sea verano;  ni me pierdo en ningún espacio abierto, sea de noche o de día, aunque nunca haya estado antes. Conozco los caminos.

Y es este último punto el que me enlaza con las cucarachas azules.

No está demostrado que sea por ellas (pero por demostrarse quedan cosas universalmente aceptadas como el hecho de la llegada del hombre a la Luna; la existencia de la finitud del universo; que exista vida tras la muerte;  que nuestros impuestos sean bien empleados; que cuando me jubile habrá pensiones….) pero, a los cuatro días de declararse la plaga, dejó de funcionar lo que yo he dado en llamar “la aparatología de la orientación humana” y ¡hala!, la culpa de las raras cucarachas azules.

Vamos, todo lo que se usa para orientar (espacio-temporalmente) a la peña, fuera de servicio. Desde los GPS,  pasando por todo tipo de relojes, cronómetros, navegadores… hasta las brújulas de la burbujita líquida.

El presentador del telediario, el día de la declaración de culpabilidad oficial, ya no tenía cara de cachondeo. Para nada.

Imagina algo – por poner un ejemplo—, algo que mida el tiempo, o te coloque en el espacio (mecánicamente hablando).

Por ejemplo… un reloj de cuco suizo.

No funcionaba.

Otra cosa: una navaja suiza multiusos con brújula incorporada (jo, y parece que la haya tomado con los suizos… nada más lejos de mi intención).

No funcionaba.

Nada funcionaba.

Conclusión: todo el mundo desorientado. Las calles llenas de zombies del espacio y del tiempo.

La cuestión no es baladí. En absoluto.

De algunas exactitudes temporales se puede prescindir, pero hay básicos para el desarrollo de la humanidad. Todos estamos de acuerdo en que un país, un planeta, no puede funcionar sin saber a ciencia cierta la hora en que empieza el fútbol; sin saber a qué hora hay que ir a misa; sin saber a qué hora cierra el Corte Inglés…

Por no hablar de la gente desorientada  intentando conseguir mapas y callejeros en papel que, por falta de demanda, ya ni se editan… Resignados a no coger un avión o un barco en el medio plazo. Adiós a las vacaciones.

Gente perdida. Deambulando en lugares y sitios extraños.

Y yo, enfadada.

Ni mantequilla, ni leches.

Otra vez la rara.

La única que sabía a qué hora tenía que ir a la facultad, o cómo llegar a la ermita de San Nicolás, si es que me hubiera dado la gana ir, claro.

Y siempre pasa lo mismo. Cuando se dan cuenta de que eres diferente, al principio te observan, luego murmuran, te siguen… y al final se acercan y te preguntan.

Oye, ¿cómo es que sabes en qué hora vives y hacia donde vas?

Y como no me puedo callar…

 La contestación es simple.

Soy rara.

jueves, 15 de marzo de 2012

Deseos.



(Fotografía realizada por Ángeles Torres Pérez)



La noche es preciosa. Noche de primavera temprana, con ese frío justo que tensa la piel de la cara pero no cala los huesos de las rodillas.

Eso va pensando a modo de refuerzo positivo, así evita el miedo que le da ir por una calle desierta y húmeda. Miedo a atracos y resbalones. No sabría valorar qué le da más miedo. No lo quiere pensar.

Es una noche preciosa. Se repite a si mismo.

Le viene a la cabeza la idea de que el ambiente está pintado de color café. Se queda parado en medio de la calle y levanta la cara hacia la noche.

Siempre tiene ideas absurdas, lo sabe porque se lo han repetido unas cinco veces al día los últimos veintitrés años (bueno es una media ponderada; los números exactos los tiene anotados en casa), pero lo cierto es que es un placer disfrutarlas. Uno de los pocos placeres que le quedan en el mundo de mierda que siente que le rodea.

Así que de forma voluntaria se refocila en ella.

No es café de Colombia, ni de Etiopía, ni tan siquiera Blue Mountain Jamaicano.

La noche tiene color de crema de café de máquina, no Nespresso (eso tampoco); de máquina de bar italiano. Exacto. En su punto de suavidad. Con burbujas microscópicas que dejan espacio al aire, que lo oxigenan. Con el tono ocre requerido para un buen café.

Piensa que quizás sea una noche mágica. Pocas noches, o ninguna, recuerda con color a crema de café, con su textura.

Tiene que intentarlo. Aunque parezca un desvarío más.

Piensa un deseo y se lleva las dos manos a los bolsillos de la trenca de pana azul que compró cuando tuvo la absurda idea de que si vestía de azul toda una temporada el Español ganaría la liga. Una idea de tantas…

A tientas cierra los puños con lo que encuentra dentro de los bolsillos.

Es magia, ¿no?

Pues entonces dentro del puño izquierdo ha de tener el reloj del conejo blanco de Lewis Caroll, un reloj con el que siempre llegas tarde, pero llegas. En el derecho una lagartija que se parece a la presentadora de Teledeporte, y que cambia de piel dos veces al año. Es una lagartija especial, se hace las pestañas con rimel y cuando cambia de piel se parece a la presentadora de otra cadena, siempre de deportes.

Sigue parado, en medio de la calle. Sin miedo a atracadores o batacazos, necesita comprobar si la magia ha funcionado. Da siete pasos (han de ser siete, exactos, porque es un número mágico y seguro que así no fallará nada) y se coloca bajo la farola de forja que inunda con café la calle.

Saca los puños cerrados y extiende los brazos ante él.

Le viene otra idea absurda a la cabeza.

Y si la lámpara de forja que le ilumina en la esquina, con luz de café, fuera un lámpara mágica… ¿habría elegido bien sus deseos? Este tipo de cosas o no pasan nunca, o quizás, si ocurren, es una vez en la vida. Un reloj para llegar siempre, aunque sea tarde; y una lagartija mutante…

Tiempo y compañía; y no en su mejor versión. Dice, como para aclararse a si mismo.

Medita. El mundo, su mundo, no da para más. No se puede ser muy exigente si se pretende ser feliz. Así que parece una buena elección. Sí.

Da la vuelta a sus muñecas y empieza abriendo, tembloroso, la mano izquierda (en honor a aquello de que el poder para el pueblo y tal…). Obvio. No hay reloj del señor conejo de ningún país de las maravillas. Hay un smart phone última generación. Negro y plata. Cordón umbilical que le une, noche y día, con infinito número de aplicaciones y que en su caso particular ofrecen un severo saldo negativo de afectos.

Desanimado abre la otra mano.

Claro, de la lagartija con cara de tía buena ni rastro. Un pañuelo de papel lleno de mocos y disgustos, convertido en un harapo de contención de desgracias.

Mierda de magia. Dice.

Mira a la lámpara de los deseos que tiene sobre la cabeza. Quizás haya sido demasiado sutil con su necesidad de algo de magia, de algo de absurdo.

De repente la noche ya no es de café, y el frío parece calar un poco más hondo. Se siente como un chopo en otoño: le han caído todas sus ideas absurdas al suelo y es un ser racional más. Seguramente, igual de racional que el que le vaya a asaltar en la siguiente esquina, o como su compañero de trabajo, o como el concejal de lo que elijas, o como el funcionario del INSS…

Ata cabos.

Coge el móvil 3G y lo lanza contra la lámpara de cafeína.

Puta lámpara de los deseos. Dice.

Él no sabe que cuando uno no es absurdo lo que le rodea es todo realidad. La que te toca, la que te come, la que te duele.

Los cristales de la lámpara le caen sobre la cara. En otro momento habría pensado que se trata de una nube de purpurina mágica, pero coño, en la vida real los cristales cortan.

Suerte que tiene a mano su pañuelo, lleno de mocos, con el que limpiarse las heridas.

Mientras se cura, en su cara se dibuja una mueca que podría parecer una sonrisa (bueno, una sonrisa de muñeco diabólico). Quizás le vaya mejor en la vida siendo práctico. Piensa.

Consecuente, levanta la mano y grita: ¡Taxi!

Ni resbalones, ni asaltos, ni un poquito de magia con la que endulzar la vida.

Sólo realidad.

miércoles, 14 de marzo de 2012

Caos







A todos nos gustaría tener claro qué es lo que nos gusta y qué no, ello nos haría la vida más fácil y, en muchas ocasiones, nos evitaría absurdos errores convertidos, más o menos inmediatamente, en problemas.

Tampoco todo es blanco o negro.

Hay personas, cosas, pequeños detalles, destellos, que puedes asegurar sin miedo a equivocarte que te gustan o que no; pero existen otros que gustan y disgustan a la vez, que te traen lo mejor y lo peor a un tiempo y que dan a la vida, o al menos a la mía, una complejidad rotundamente humana.

Y hago mi personal inventario del placer y del odio y descubro que en general me gustan más las cosas del pasado, deformadas por el paso del tiempo corrector; o del futuro, inventadas e inciertas, soñadas.

El presente es difícil de disfrazar, simplemente está ahí, sin imaginación, sin añoranza, ocupándote entero en su manejo, sin dejarte apenas descubrir lo bueno o malo, abrumándote con su presencia inmensa y absorbente.

Y descubro que me vuelve loca de emoción el recuerdo del tacto de la mano de mi abuelo ya desaparecido (recuerdo exactamente la última vez que acaricié su mano), o la tibieza de la piel de la mejilla de mi hija pequeña cuando duerme, tan dulce, tan confiada; y son cosas buenas para mí, que me gusta recordar, pero que a un mismo tiempo me llenan los ojos de lágrimas, no precisamente de felicidad, porque duelen.

Hay cosas complejas, otras son sencillas.

Me encantan los grupos de ciclistas, inundados de colores, en carretera los domingos por la mañana al sol del invierno; o por la noche, ir en el asiento del acompañante del coche mirando distraídamente las ventanas descubiertas de las casas que permiten curiosear su interior.

Me gusta que me preparen el primer café de la mañana, los sábados mejor que el domingo, y que me digan lo guapa que estoy aunque sea mentira. Y la música de Sabina, que me recuerda los meses de julio de 1986, 1987 y 1988 que pasé con mis abuelos maternos y que me permitió conocerles mucho mejor ( quizá este sea un placer de los complejos, de los que me duele elegir).

Me gusta la uva mencía para el vino que he de beber, y el pan blanco aunque sea menos sano. Cosas poco sanas hay que me gustan un montón, el primer cigarro de la mañana (aunque detesto el de mitad de tarde, absurdo e innecesario, sólo traído por la inercia), o tomar el sol sin protección solar (otro absurdo en mi caso, soy tan blanca...), todos errores que me pasarán factura por la incorrecta elección.

Detesto el olor de las pastillas de alcanfor, las personas que dicen tener la conciencia muy tranquila (desconfía de ellas, lo sé por experiencia de años de trabajo); las luces azules de neón que crean un ambiente mortecino, y claro, adoro las guirnaldas de colores en las fiestas de verano porque saben a verbena, a poniente, a risas. No me gusta tampoco el oxido en las rejas, ni las grietas en las paredes.

No entiendo a los insensibles a las penurias ajenas, a los que ignoran la complejidad de la vida de los demás, a los que rechazan lo diferente. No creo en las herencias, pero me encanta la idea de que me toque la lotería.

Tampoco creo en el perdón, sí en el olvido.

No me gusta el lamé dorado, si es así como se llama esa tela horrible que odio, ni las lentejuelas, ni los pantalones de hombre que dejan ver el tobillo, ni el olor de los perros mojados, o el de las peluquerías de animales. Igual de horribles me parecen los piercings en las cejas, o en los pezones; y por supuesto, los zapatos blancos.


Me gusta mucho el risotto de gambas que sirven en Bambú, y no me gustaba nada el arroz meloso con calamares de mi abuela Angelita, a pesar de que ahora es un buen recuerdo que nos hace reír a los primos. No me gustan los suicidas, por cobardes y egoístas, sin embargo siempre les querré a pesar de todo el dolor que nos dejaron. Me gusta mucho la canción de REM “Losing my religion” aunque me trae el recuerdo triste de alguien que ya no está.

Me gustan ciertas palabras, bellas en sí mismas, como alma, mano, corazón, sonrisa, ternura, trémulo, mandarina.

Hay otras que no me gustan nada, como tecnócrata, balance, resultado, idiosincrasia, tecnológico, demográfico, pacificador.

En concreto hay una palabra que me atormenta desde hace años. Misericordia. No me gusta nada por sus connotaciones religiosas, de hecho yo no la uso por ello, sin embargo el mundo sería mejor si alguna vez recordáramos lo que significa. Es un concepto hermoso en una palabra antipática.

Nada es blanco o negro, ni tampoco gris. El universo funciona gracias al caos, el mío os aseguro que también.